domingo, 22 de septiembre de 2013

Dos diarios


Todavía no he pensado en suicidarme.

El espejo me asusta. Ahí detrás hay algo o alguien que inventa muecas para que crea que tengo mala cara a pesar de haber dormido quince horas seguidas. Y no ha sido por el alcohol. Debería haber bebido sola en la cocina hasta caerme de la silla, haber despertado en el suelo con la mejilla pegada a las frías baldosas y el pelo pringoso de ginebra. Debería haber llorado al despertar, al darme cuenta de que él se ha ido y entonces, coger de nuevo la botella y entre sollozos, arrastrar los pies por el suelo de madera del pasillo hasta el cuarto de baño. Y al mirarme al espejo, asustarme.

Tengo los ojos rojos y la piel seca. El pelo revuelto.

La boca seca.

El espejo me enseña una lengua blanquecina. Si mi madre la viera me diría “tienes la lengua sucia” y me daría té para desayunar. Me pondría la manta eléctrica sobre el estómago y me daría una de esas pastillas que saben como el yeso de las paredes.

Puedo creer que bebí anoche y escribirlo en el diario como si fuera verdad. Y luego, en el otro diario, el que ni siquiera yo puedo leer, escribir la verdad. Anoche no bebí. Cené una tortilla francesa mientras miraba los folletos del hipermercado y marcaba con bolígrafo las cosas que quiero comprar. No me caí de la silla. Me acosté a las ocho de la tarde con los ojos secos, porque nunca he llorado por él. Él no existe, tampoco.

Por eso todavía no tengo pensado suicidarme. Cuando lo piense, lo escribiré en los dos diarios y dejaré a la vista el que está lleno de mentiras y poemas, que también son mentira. Dejaré el diario a la vista para que quien me encuentre muerta lo lea y crea que sabe por qué me suicidé y así no tendré que sentirme mal por no haber vivido nada interesante, porque eso será algo que sólo yo sabré.

Escribo en el diario que anoche me caí borracha de la silla de la cocina y que no recuerdo nada, que me he despertado en el suelo y he creído verle a mi lado, hasta que me he dado cuenta de que se fue. En mi diario, él tiene nombre: M. Le llamo así para que resulte más real, como si aún le amase y no quisiera que nadie supiera quién es, como si quisiera protegerle de los demás, de los que le odiarán cuando encuentren mi cadáver y mi diario. M es alto y guapo, rubio y canadiense. Así es más difícil que intenten buscarle. M me quería pero la vida le ha obligado a marcharse. No quiero que parezca mala persona, no quiero que los que lean el diario piensen que soy una ingenua o una imbécil incapaz de darse cuenta de que la están engañando. A pesar de que tengo que aparecer como la víctima, no quiero dar pena.

Si me suicido, daré pena. O me odiarán. Pero también dirán que mi sensibilidad es tan grande que no he podido soportar el inmenso peso de la vida, que los golpes me han hecho buscar un reposo, que mi visión poética de la vida me ha empujado a ponerle fin porque me duele demasiado seguir respirando. Eso será, claro, cuando haya decidido pensar en suicidarme. De momento no lo he pensado.

Tengo casi treinta y cinco años. En el diario he puesto alguno menos, no quiero que crean que estoy entrando en la crisis de los cuarenta. Tengo casi treinta y cinco y estoy sola. M no existe, pero tampoco hay ningún P. En el diario P es mi mejor amigo. Homosexual, claro. Tampoco tengo ningún trastorno mental, eso lo he inventado para el diario. He inventado una enfermedad y un médico, un psiquiatra: el doctor V. Si no doy el nombre de nadie, no se puede comprobar que es todo falso.

No son mentiras, es libertad. Dicen que tenemos derecho a hacer lo que queramos con nuestras vidas y yo lo hago.
He dormido quince horas y no tengo hambre. En la bandeja hay un vaso con leche tibia. El sobre de café descafeinado me pone nerviosa. Siempre espero que sea dorado por dentro, ya no me acuerdo por qué, pero debería ser dorado por dentro y yo debería alegrarme de que lo fuera y escribirlo en mi diario porque habría ganado algo. Un viaje a Las Vegas. Para casarme con M. M es canadiense. El viaje es a Toronto. El café me gusta más cargado. He dormido quince horas pero no es porque bebiera anoche. Me acosté pronto. M se había ido.

El espejo me asusta.

El diario dice que anoche bebí demasiado y debería dolerme la cabeza. Me tomo una pastilla blanca con el café, para el dolor de cabeza. El sobre del café es dorado, en mi diario. Una esperanza remota, una ilusión para un alma atormentada. Escribiré que por fin tengo suerte y voy a viajar al lugar en el que seguramente M estará esperándome. Las casualidades son muy literarias. Por eso los hijos perdidos encuentran a sus padres en las novelas y en la vida real ni siquiera saben que tienen padres perdidos. Mi diario tiene que parecerse más a la vida. El viaje será a Colombia. Tiene más sentido. Por el café.

El sobre de café es plateado en la papelera que hay junto a la cama. Se ha quedado boca arriba y parece un pez muerto sin ojos, un pez leve a punto de echar a volar en busca de su cabeza y sus tripas. Un pez de aire y hielo que huele a café. Al pez muerto lo escribo en el otro diario, el de la verdad: no puede estar junto a Colombia.

La manta también está en el otro diario, el de las verdades incómodas. Es una manta corta que nunca me abriga los pies, una manta que cada día es más corta, justo ahora que cada noche es más fría. Me enrosco la manta alrededor del cuello y la cabeza. Así no veo el espejo que me asusta. Escribiré que soy como Frida Kahlo e invento tocados especiales que no realzan mi belleza pero sujetan mis ideas y las abrigan. El aire se templa dentro de la manta, la luz desaparece, los sonidos se amortiguan. La ideas se calman y dejan de moverse en un remolino de palabras. Las ideas se duermen. Así podría escribir en el diario falso que estoy tranquila y que medito sobre mi triste existencia. Sobre su ausencia.

Lo escribo. 

El suelo está frio y me pincha las plantas de los pies. La manta cae al suelo y la piso, arrastro los pies sobre ella, patino por la habitación sobre la manta. El suelo se inclina y no puedo frenar. Choco contra la pared. Me sangra la nariz. Me da miedo.

Escribo en el diario mucha sangre y una herida en la frente. Con un algodón taponando la nariz, escribo un accidente doméstico provocado por la resaca. Alcohol, desamor y sangre; está quedando muy bien. En el diario de la verdad escribo que me he puesto a llorar al ver la sangre y ha tenido que venir una tata a curarme y abrazarme.

Tengo que pensar en suicidarme antes de comer, para que no me sorprenda ese sueño extraño de la siesta. Si me duermo, olvidaré que tenía que pensar en suicidarme y todo volverá a empezar y tendré que escribir en el diario de la mentira cualquier cosa, y en el de la verdad no podré escribir nada porque la siesta es como un lugar inexistente en el que no estoy.

Los dedos de los pies parecen pequeños seres vivos, redonditos, con un caparazón duro y una barriga blandita. Se mueven casi solos. Me sorprenden a veces moviéndose sin que yo piense en ellos. Se han quedado fríos. Escribo en el diario que han bajado las temperaturas tanto que se me congelan las lágrimas de amarle. Escribo que he recibido una carta en la que un sargento de un ejército me dice que M ha muerto en una guerra llena de arena y sol. El sargento me informa de cuánto me amaba M. Firma como S y me dice que M fue un héroe y en las dunas ardientes su sangre se ha convertido en un oasis en el que sus compañeros de armas beben el agua purificante del valor del soldado, se sacian de heroísmo y cargan sus armas para disparar contra ese enemigo cruel que les acecha. El sargento S me desea buena suerte y un duelo breve. La muerte de M parece un buen detonante para el suicidio.

En el diario de la verdad escribo que me duele el oído. Escribo que la tata me ha traído una bandeja con sopa de fideos y merluza rebozada. Y un flan. Hay una píldora roja junto al vaso de agua. Escribo que no voy a tomarme la píldora para no dormirme hasta que haya pensado en suicidarme.

En el otro diario escribo que busco en el armario de la cocina los somníferos de mi madre. Escribo que abro una botella de ginebra y me quedo mirando las pastillas, pensando si le encontraré al otro lado. Escribo que no sé si hay un cielo para los suicidas ni sé si los soldados que se van a una guerra de arena sin que nadie se lo pida no irán a ese mismo cielo. Escribo que hay un mapa sin carreteras ni nombres del lugar al que van los que se quitan la vida y los que provocan que otros se la quiten. El mismo lugar al que van los muertos que nunca quisieron a nadie y las tatas que pegan y meten pastillas en la boca a la fuerza.

En el diario de la verdad escribo: “Hora de la siesta”. La tata me mira con odio mientras se frota el mordisco de la mano. Cierra de un portazo y la píldora roja del sueño blando se mezcla con mis diarios y hace que las letras bailen y cambien de lugar; las palabras ya no se entienden.

Todavía no he pensado en suicidarme. Lo haré después de la siesta.

(Ilustración: © Mayte Sánchez Sempere 2013 Collage realizado a partir de imágenes publicitarias)

lunes, 16 de septiembre de 2013

Últimas lecturas



Un puñado de polvo
Evelyn Waugh 8/10
La alta burguesía inglesa de entreguerras retratada con ironía y una pizca de mala idea; una historia que en algunos momentos resulta cruel y en otros, absurda y delirante. 


Claroscuro
Nella Larsen 9/10
Me he enamorado de esta autora, de esta historia. El tema, siempre me ha extrañado, nunca he llegado a comprender del todo cómo en Estados Unidos se daba tanta importancia a tener un pequeño porcentaje de sangre negra, en un país hecho de retales, de inmigrantes de todo el mundo, de portadores de sangres seguramente mezcladas.


La ley de los similares
Antonio Tocornal 7/10
Conocía los relatos de Antonio, que son excelentes, divertidos, tiernos y cercanos, así que en cuanto pude, me hice con su primera novela. Y no me ha defraudado. Al igual que en sus relatos, los personajes se perfilan en la realidad de hoy, con profundidad y mucho humor; hace pensar y reír, nos pone delante un espejo en el que, además de lo obvio, se reflejan claramente maneras y actitudes que, por habituales, pasan desapercibidas en el día a día pero que, vistas en las páginas de la novela, llegan a resultar ridículas o absurdas. Me ha gustado, si tenéis oportunidad, haceos con él.


Blood Magic
Tessa Graton 7/10
Me gusta volver una y otra vez a la novela juvenil, compartir lecturas con mis hijas y comentarlas. En este caso lo he pasado bastante bien con esta historia de magia y amor que, aunque no tenga vocación de clásico sí consigue enganchar y hacernos pasar un buen rato. El problema es que, cada vez que termino de leer una novela juvenil me vuelve la tentación enorme de escribir esas novelas que me hubiera gustado leer cuando tenía 15 o 16 años y que no encontré, aunque debo confesar que entonces leía casi más que ahora y disfrutaba con todo: Conan Doyle, Asimov, Lobsang Rampa, E.R.Burroughs, Ramon J. Sender, Frank Herbert, Stephen R. Donaldson. Ahora me toca descubrirles estos autores a mis hijas y, si me animo, ponerme con esas historias que me andan rondando.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Juegos de niñas

©Mayte Sánchez Sempere - 2009
– Bombero –contestó la niña.
– Será bombera –la corrigió su prima, dos años mayor.
– Pues bombera, es igual –rectificó la pequeña, cogiendo del suelo la pelota y lanzándola con fuerza contra la pared-. Bombera y conductora de trenes.
– Eso son cosas de chicos –volvió a corregirla la prima con ese tono de marisabidilla que tanto molestaba a la niña.
– ¿Tú que sabes? –contestó molesta.
– Más que tú, que estás en primero –de nuevo el tono condescendiente calcado al de su madre.

La niña calló y volvió a coger la pelota. Miró a su prima y apretó la esfera de goma pensando en las ganas que tenía de tirarle de la coleta. Se mordió el labio inferior y lanzó con todas sus fuerzas. La pelota rebotó y se alejó rodando de ellas.

– Tendrás que ir a por ella… -dijo la prima.

Sin contestar, la niña le dio la espalda a su prima y se dirigió al recuadro de césped donde la pelota había quedado parada, enganchada en las ramas más bajas de un arbusto de evónimo. Se agachó a recogerla y al hacerlo, un brillo rojo intenso llamó su atención desde el otro lado del arbusto.

– ¡Patri! –gritó- Ven, mira esto.

La otra se acercó despacio, con la nariz levantada y tratando de demostrar que no le importaba demasiado lo que la pequeña había encontrado. Se agachó junto a ella y miró. Muy quietas, las dos niñas observaban entre las ramas bajas.

– ¿Está muerta? –preguntó la pequeña.
– No sé –dijo la otra-. Tócala, a ver si se mueve.

La pequeña alargó la mano con miedo, la metió entre las hojas procurando no arañarse y la dejó quieta a unos centímetros.

– Y si está muerta… ¿qué hacemos? –peguntó sin moverse.
– La autopsia, claro.
– ¿Qué es la autopsia? –preguntó de nuevo.
– Pues es lo que hacen los policías para saber quién la ha matado.
– ¿Y si se ha muerto ella sola, como la abuela?
– Pues entonces se dice “causas naturales” y ya está. ¿Lo ves como no sabes nada?
– ¿Y cómo hacemos la autopsia? –siguió preguntando la pequeña.
– Deja de preguntar y mira si está muerta… si está viva no podemos hacerla.
– ¿Y qué hacemos si está viva?
– Si está viva llamamos a un mayor para que llame al 112 y venga una ambulancia y la policía.
– ¿Y los bomberos?
– Los bomberos no hacen falta, no hay fuego.

La pequeña volvió a mirar entre las hojas y muy despacio acercó los deditos hasta tocar el pie. Lo empujó un poco, la pierna se movió y al soltarla, volvió a su posición.

– Tiene pinta de muerta –confirmó.
– Toda la pinta –corroboró la mayor.
– Entonces… ¿hacemos la autopsia?
– Claro, hay que saber qué ha pasado –con tono afectado se dirigió al cadáver semioculto entre los arbustos y le habló-. ¿Qué te han hecho, preciosa? –se dirigió de nuevo a la pequeña- Hay que hacer esto para que el cuerpo te cuente su historia.

La pequeña la miraba boquiabierta.

– ¿Dónde lo has aprendido?
– En CSI, lo hacen todo el tiempo. Es muy fácil. Vamos -. Y levantándose cogió a la niña de la mano y se incorporó para rodear el arbusto que las separaba del cuerpo.

En un pequeño claro, oculto desde los paseos del parque, la mujer yacía boca arriba. Lo que había llamado la atención de la niña era un zapato de charol rojo fuego. El otro pie estaba descalzo. La mujer llevaba un vestido muy corto, blanco, sucio y arrugado. Un bolso también rojo descansaba abierto en el suelo junto a su mano derecha. Tenía los ojos cerrados y la boca semiabierta. Las niñas se acercaron sin dejar de mirarla.

– ¿Seguro que no respira? –preguntó la pequeña.

La mayor se agachó junto a la cabeza de la mujer y acercó la oreja a su boca. Roncaba un poco. Menudo fastidio.

– No respira –le dijo a la pequeña-. Podemos empezar.
– ¿Y qué hay que hacer?
– Lo primero, examinar la ropa y ver si hay restos.
– ¿Restos?
– Sí, migas o bichos o pelos… esas cosas.

Juntaron las cabezas para examinar el cadáver y miraron fijamente la ropa.

– Yo no veo nada… -dijo la pequeña.
– Yo tampoco, habrán ocultado las pruebas. Vamos a abrirla.
– ¿Abrirla?
– Sí, con un cuchillo se le abre la tripa para ver qué ha comido.
– ¿Y por qué queremos saber qué ha comido?
– Por si la han envenenado.
– No tenemos cuchillo –razonó la pequeña.

La mayor levantó la vista y miró a su alrededor.

– En el bar. Podemos coger uno de la mesa. Tú entretienes a los padres y yo me lo llevo.

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Sentados frente al televisor los padres comentan la noticia que ha conmocionado al barrio. Una prostituta ha aparecido muerta y horriblemente mutilada en el parque donde suelen ir a jugar con sus hijas. Horrorizados recuerdan que ese mismo día estuvieron allí, tomando unas cañas mientras las primas jugaban a la pelota. Las niñas juegan y ríen en el pasillo. La mayor se levanta del suelo y se acerca curiosa.

– ¿Tía, qué ha pasado?
– Nada, hija, nada. Anda, ve a jugar, que esto no es para niños.
– ¿Y para niñas?

– Tampoco.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Últimas lecturas



El caso de la chica vacilante
Erle Stanley Gardner 6/10
Nunca había leído una de Perry Mason y creo que ya he tenido suficiente. Me ha resultado demasiado artificioso, superado por todo lo que se ha visto en televisión y cine y por todo lo que se ha escrito después.

La muerte de Amalia Sacerdote
Andrea Camilleri 10/10
La verdad no siempre es lo que parece y descubrirlo no siempre es fácil. En esta ocasión Camilleri nos introduce en la redacción de noticias de una televisión oficial y desde allí asistimos a todo un encaje de mentiras, verdades, intrigas y crímenes. Fantástica, como siempre.
Yo maté a Kennedy
Manuel Vázquez Montalbán 7/10
Desconcertante. Lo primero que pensé al empezar a leer fue "este hombre leyó a Vian antes de escribir esta historia". Me ha recordado a esas historias extrañas, sangrientas, surrealistas y críticas de Vian, aunque reconozco que no me ha encantado. Probaré con otros títulos.


El guardabarrera
Andrea Camilleri 10/10
Maravilloso. Este, como "El beso de la sirena", me ha acariciado. Precioso.


El museo de la inocencia
Orhan Pamuk 10/10
Esta es en mi opinión una obra única que, como creadora, me produce una envidia terrible. Orhan Pamuk ha creado una historia, la ha escrito y además, ha creado el museo en que se recogen los recuerdos del protagonista. Lo falso convertido en real, la imaginación que se vuelve algo tangible, dos fantasías que al tocarse se convierten en realidad. Me parece genial, si alguna vez visito Estambul me pasaré por el museo.


Lo real
Belen Gopegui 8/10
¿Qué es exactamente la libertad? Creemos que somos libres, que decidimos o elegimos, queremos creerlo. Y sin embargo, hay algo que nos obliga a todos, quizá algo diferente para cada uno, pero siempre algo que nos ata o nos sujeta. Esto sólo es el inicio de las reflexiones que me ha provocado esta historia en la que los asalariados, las rentas medias, actúan como coro crítico y opinan de vez en cuando provocando en el lector la impresión de estar leyendo en medio de la calle con cientos de miles de personas asomadas por encima de su hombro.