domingo, 30 de junio de 2019

Últimas lecturas - misterios para refrescarse

Las óperas perdidas de Francesca Scotto
Elena Casero - 8/10

Muy buena novela negra, con su misterio y su intriga, con un ritmo estupendo y una documentación muy buena... y con música de fondo. Leerla escuchando uno de los quintetos de viento que la autora recomienda al final es una maravilla de relax, emoción y arte.
Yo creo que ya lo he dicho alguna vez: Elena es una autora que, a mi juicio, está a la altura de otros mucho más conocidos. Pienso, ahora mismo, con esta novela en la mano, en Donna Leon, a la que conocí precisamente a través de dos novelas en las que había, como en esta, libros antiguos y música (Muerte entre líneas y Las joyas del Paraíso, por si os interesa). Bueno, pues Elena puede perfectamente hablar con ella de tú a tú. Así que si no la conocéis, ya estáis tardando.




La mujer del pelo rojo
Orhan Pamuk - 10/10

Tenía a Pamuk un poquito olvidado, ultimamente. Pero ha sido retomarlo y ya en la segunda página he recuperado el disfrute enorme de su literatura. Me pasa que para mí el placer de leer a un autor que me gusta es acumulativo, por eso si una obra no me llena del todo, no pasa nada, todo lo demás compensa.
En este caso el pozo de buenas sensaciones se ha llenado un poco más. Esta forma de contar, a caballo entre lo confesional, lo nostálgico y lo misterioso es, sencillamente, maravillosa. Lo que empieza pareciendo anecdótico acaba siendo importante, todo va cobrando sentido, encajando, componiendo una imagen final que me deja con una sonrisa en los labios y ganas de más.





El campo del alfarero
Andrea Camilleri - 9/10

Nada mejor contra el calor que las novelas fresquitas de Camilleri. Intriga, misterio, crímenes, mafia, Sicilia, comida, baños en el mar, risas, dialetto, paisajes, carreteras, sol... Fantástico, como siempre.

domingo, 16 de junio de 2019

Cosas que escribí hace tiempo - Junto a la Penélope de Bourdelle (2012)

- ¿Y dónde dices que está? – preguntó ella mirando el mapa.

- Muy cerca… mira, cruzamos el puente y a la izquierda… 37 Rue Bûcherie, eso es. ¿La ves en el plano?

- Vale. ¿Entramos aquí antes?

- ¿En Notre Dame? ¿Para qué? Es una iglesia… – el gesto despectivo en la cara del joven no dejaba lugar a dudas. Parecía que había pisado una mierda.

- Hombre, una “iglesia” es, pero no cualquier iglesia. Y además, sí quisiste que entráramos en Sacré-Coeur…

- No tiene nada que ver. Ya has hecho la foto ¿no? Pues ya está. Hemos venido, la hemos visto por fuera, a correr. No pienso pagar ni hacer cola para ver esta iglesia.

- Vale, vale… pero ya me dirás qué quieres ver, porque el Louvre te pareció un timo y un ¿cómo lo llamaste?… abrevadero de ganado. “Tienen sed de cultura pero beben en cualquier sitio”, dijiste.

- Pensé que estabas de acuerdo…

- No. Te dije “El Louvre no es cualquier sitio” y entonces te enrollaste con la ceguera del turista, el museo como destino obligado si no quieres pasar por paleto, la Gioconda asediada y sobrevalorada… ¿sigo?

- Vale, vale… pero es que pensé que estabas de acuerdo.

- Pues no, pero no me diste opción. Me llevaste a rastras a ver una docena de cuadros, como mucho, y se acabó. Y prefiero no hablar de la torre Eiffel…

- ¿Querías subir?

- Hombre, no me voy a morir por no hacerlo, pero llevamos dos días en París y no hemos hecho más que andar, mirar escaparates, beber coñac, comer sopa de cebolla, tropezar con la gente que pasea junto al Sena y hacer fotos a todo el que lleva boina o va en bicicleta…

- Cariño, no somos turistas, somos escritores – y la miró con un aire de superioridad que daba risa.

- Ya, escritores… pues los escritores no solo disfrutan de los cafés de Montmartre, también entran en los museos y se mezclan con la gente, no se limitan a fotografiarla. ¿Sobre qué piensas escribir, sobre la gente con boina de París? – preguntó ella enfadada.

- La vida real es fea, deberías saberlo.

- Las boinas no son feas y en la vida real también están La Victoria de Samotracia, que no me dejaste ver, Notre Dame, la torre Eiffel y las parejas que se besan en los puentes de París, aunque a ti no te guste.

- Eso son gilipolleces. La gente se deja llevar y hace lo que se supone que hay que hacer. Nosotros no somos así, nosotros nos rebelamos y mostramos al mundo lo que hay detrás de esa “belleza” de postal.

- Habla por ti. Si quieres esperarme, bien. Yo entro.

Él se quedó parado mirando como la delgada espalda de ella se alejaba, tensa, enfadada, en dirección a la entrada de la catedral. Se sentó en un banco a esperar y sacó de la mochila un libro. Abrió por la página marcada, hacia el final del libro y fijó su mirada en un párrafo subrayado con lápiz azul. “Atravesando en una fresca mañana el Puente de Austerlitz, dejando atrás el Zoológico del Quai St. Bernard, donde un antílope permanecía en medio del rocío matinal, pasando luego ante la Sorbona, tuve mi primera visión de Notre Dame, extraña como un sueño perdido.” Levantó los ojos hacia la catedral.

- Extraña como un sueño perdido, eso es.

Ella salió sonriente. No había tardado demasiado.

- Había misa, no se podía visitar, pero he visto un poco desde la entrada. Es preciosa.

- Extraña como un sueño perdido – dijo él, con tono afectado.

- Vaya, te ha venido a ver la musa – sonrío ella.

Él guardó el libro en la mochila y se puso en pie.

- Vamos.

- Oye, después de la librería podíamos ir al museo Bourdelle…

- Bueno, es posible.

- ¿Cómo que “es posible”? Me tienes harta. ¿Sabes quién fue Bourdelle, conoces su obra?

- No, la verdad. No será muy importante…

- ¡Oh, Dios! No soporto tu arrogancia. ¡Sí es importante! Para mi lo es y voy a ir al museo contigo o sin ti.

- Pero cariño, no te pongas así. Reconoce que ese “Burloquesea”…

- ¡Bourdelle!

- Lo que sea… reconoce que no es conocido. Nadie viene a París a ver su museo.

- Te juro que no te entiendo. ¿No dices que no quieres hacer lo que hacen todos? Pues esto no lo hacen todos, no está en el “circuito oficial”. Y además, yo quiero verlo y con eso debería bastar.

- Vale, vale, no quiero discutir. Pero primero, vamos a la librería.

Cruzaron el Petit Pont y enseguida llegaron a “Shakespeare and Company”. Entonces, a la vista del brillante cartel amarillo y el escaparate de madera pintada de verde cuajado de libros a él le cambió la cara.

- ¡Mira! Ahí está, tal como la imaginaba…

- Sí, está bien. Me gusta la fuente…

- ¡La fuente! No sabes lo que estás viendo ¿verdad?

- Voy a arriesgarme… ¿una librería? – contestó ella con un fingido aire inocente.

- ¡Bah, no merece la pena! Estás de mala leche, se nota. Pero no me vas a amargar el momento más importante del viaje.

- ¿Esta librería es el momento más importante del viaje?

- Somos escritores, para ti debería serlo también. Este es el templo de los jóvenes escritores en París, por aquí pasaron Ginsberg, Hemingway, Joyce y Kerouac.

- ¡Acabáramos! Kerouac… ya lo entiendo.

- ¡Pues sí, Kerouac! – y le brillaban los ojos. Sacó de la mochila el libro subrayado, “El viajero solitario”, de Jack Kerouac y levantándolo sobre su cabeza continuó entusiasmado – Kerouac pasó por aquí, recitó aquí sus poemas. Estas paredes están llenas de él, estas paredes…

Ella miraba el libro, comprendiendo por fin.

© 2009 Mayte Sánchez Sempere
Estudio para Penélope. Antoine Bourdelle 1907
Versión en miniatura (60 cm)
- Perdona, cariño – le interrumpió -. Si no te importa, le cuentas eso a otra. Yo me voy al museo Bourdelle y luego ya veré que hago.

- Pero cielo, no puedes irte… – dijo él, incrédulo y dolido.

- Puedo. Y tú puedes continuar tu viaje con él – y señaló el libro -. Es lo que hemos hecho hasta ahora ¿verdad? “Huimos de las masas”, decías, “inventamos nuestro camino”. ¡Y una mierda! Hemos estado siguiendo sus pasos por París ¿a que sí? ¿Vino él también desde Avignon en tren? No contestes, me jugaría el cuello y seguro que no lo perdería. ¡Se acabó! No voy a ir a Londres contigo, con vosotros.

- Pero cariño, no es… no… bueno, sí, es verdad que… pero yo…

- ¡Por favor! No hace falta que digas nada, está clarísimo. “Cariño, si quieres ir a París, iremos a París. Por ti, lo que sea”. ¡Una mierda!

El joven poeta entró en “Shakespeare and Company” mientras su espalda, delgada, tensa, enfadada, desaparecía por la rue Saint-Jacques, camino al museo Bourdelle donde una gigantesca Penélope la acompañaría en la espera.

domingo, 2 de junio de 2019

Últimas lecturas - breves

Offshore
Petros Márkaris - 9/10

Una de las cosas que más me gusta de Márkaris es su análisis de la sociedad, del funcionamiento del capitalismo, de la vida al margen y de la vida que se cuelga de ese tren intentando subirse, de los que caen y de los que los empujan. Tienen sus novelas siempre un tono algo lúgubre que lo es más por ser reconocible a pesar de que España no es Grecia (contrariamente a todo lo que tuvimos que escuchar hace unos años).
Las investigaciones del comisario Jaritos siempre me entretienen y me hacen mirar a mi alrededor de una forma algo más crítica, si cabe.








Habitaciones con monstruos
Ángeles Sánchez Portero - 9/10

Esta colección de relatos me ha gustado muchísimo. Las imágenes, las atmósferas, el tono poético, todo en general me ha parecido muy bueno. Unas buenas horas de disfrute muy recomendables.

La casa
Paco Roca - 10/10

Pocos tebeos me han gustado tanto como este. Paco Roca tiene una forma de contar absolutamente insuperable, consigue crear atmósferas con aire denso, luces tangibles, temperatura, sonidos y olores con un trazo limpio y una paleta de color íntima que es un relato en si misma. 

miércoles, 24 de abril de 2019

Últimas lecturas - variadito

Tribulaciones de un sicario
Elena Casero - 9/10

A mí la novela negra me gusta y me aburre, dependiendo de cómo esté escrita. Como muchos, descubrí el género con Agatha Christie, a los 11 años, estando enferma en cama durante dos semanas o así. En medio de la fiebre mi abuela me dejó coger el libro que quisiera de la estantería que había a los pies de la cama en aquella habitación azul que siempre recordaré como lugar de misterios, quizá porque de ella vi salir al fantasma de mi bisabuela, pero eso es una historia más de Jimenez del Oso... Después de aquello vino Conan Doyle, completo. Raymond Chandler y Mary Higgins Clark no me acabaron de entusiasmar y no volví a leer en negro hasta que descubrí a Camilleri. Ahora son él, Petros Márkaris y Donna Leon, con Fred Vargas como asignatura pendiente. Hay más: Dolores Redondo, Patricia Highsmith, Carlos Salem, Berna González Harbour...
¿Por qué hablo de todo esto en lugar de hacerlo del libro de Elena? Pues porque creo que se merece esta compañía, se merece formar parte de la nómina de autores de negra que quiero seguir leyendo, que quiero en mi biblioteca. En Talentura lo saben y por eso la han reeditado para celebrar el 10 aniversario de la editorial. Yo he aprovechado la oportunidad y me he hecho con ella. De verdad, hacedme caso, leedla.

Secretos a voces
Alice Munro - 9/10
No me canso de leer a Alice Munro, es un disfrute enorme y además una valiosísima lección. Cada vez que me acerco a ella aprendo algo o creo aprenderlo. Su forma de relatar, tan cercana y al tiempo tan profunda, tan próxima a la vida y a la vez tan trascendente, me parece envidiable. Me encantaría ser capaz de hacer algo así, de ponerle tanta carne a los personajes, tanto aliento a sus palabras.
En este caso, a través de una serie de relatos, nos acercamos a una comunidad concreta, a sus relaciones, su historia, sus vidas. Muy recomendable.






La repudiada
Eliette Abécassis - 7/10
Leí hace años "El oro y la ceniza" y me pasó un poco lo mismo que con esté: transitar por la historia se me hace incómodo, no sé bien por qué. Es como intentar abrirse paso por una habitación llena de muebles con las persianas bajadas. La impresión general ha sido buena, pero, siendo un libro muy corto, se me ha hecho largo al principio y precipitado al final. No sé si le daré más oportunidades a la autora... 

Siete casas en Francias
Bernardo Atxaga - 8/10
No había leído todavía a Atxaga y la verdad es que me ha gustado. La novela nos lleva al Congo Belga, al tráfico de ébano y márfil, la colonización más salvaje e inhumana, el interés económico, las violaciones, la Europa más bestial suelta en África. Es una novela llena de horrores contados con una naturalidad que los hace aún más terribles. Muy interesante para recordar de donde viene nuestra relación con África.









El mundo de Rocannon
Ursula K. le Guinn - 9/10


Estoy releyendo algunas de las novelas de esta autora y me están gustando lo mismo o más que cuando las leí a los 17 o 18 años. Afortunadamente tengo una memoria lamentable para los argumentos, así que de nuevo me sorprendo, sufro, río y me ilusiono, me emociono o me angustio como entonces pero con 30 años más de lecturas encima, lo que hace que las reflexiones sean algo más profundas o al menos algo diferentes.

domingo, 14 de abril de 2019

Cosas que escribí hace tiempo: Dos espigas y una rama de olivo (2012)


– Sadira –decía Fareeda–, la caja está casi llena –y le enseñaba la lata de cigarrillos Dimitrino, prácticamente llena de monedas.

– Sadira –decía Fareeda–, estos son tus ahorros, para cuando te cases –y acariciaba, orgullosa, las monedas de 25 Kuruş [1].

– Sadira –decía Fareeda–, mi madre hizo lo mismo; desde siempre en nuestra familia se ha hecho así –y hacía tintinear las monedas dentro de la lata.

Sadira entra en el pequeño apartamento de Spremberger Strasse [2] que comparte con Firuze. Huele a café y a canela. Deja sobre la mesa de la cocina la bolsa llena de verduras que ha subido del mercado y empieza a vaciarla, acariciando cada pieza. Los pimientos y las berenjenas brillan.

– ¿Has comprado pescado? –pregunta Firuze desde su habitación.
– Sí… y pan.

Sadira se afana en la cocina recogiendo la compra. El pescado brilla. Firuze, a contraluz, pregunta desde la sala pintada de azul intenso:

– ¿Hace falta leche?
– No, creo que queda bastante.
– ¿Qué vas a hacer esta tarde?
– Iré al museo…
– ¿Otra vez?
– Sí.

Firuze se despide y baja las escaleras. Sadira se queda sola. En el armario de su habitación la lata llena de Kuruş inservibles aún guarda el olor a rosas de su madre. Sadira acaricia las monedas de Fareeda: dos espigas, una rama de olivo. El relieve le llena los dedos.

En el museo, Sadira mira otra vez a través del cristal de la vitrina. Monedas persas. Los ahorros de alguna antigua Fadeera, fusionados con forma de vasija, descansan ahí dentro.

– Sadira –decía Fareeda–, mi madre hizo lo mismo; desde siempre en nuestra familia se ha hecho así.

Los ahorros para una boda, enterrados bajo un olivo o en un campo de trigo, perdidos durante siglos. Monedas persas. Tan inútiles como sus Kuruş.

– Madre… Soy un árbol sin raíces [3], como la rama de olivo, como las espigas de tus Kuruş. Madre ¿dónde están mis raíces?

Sadira es alemana y no se siente alemana. Es turca y no se sabe turca. Sadira es griega, por su bisabuela y búlgara por su abuelo. Sadira es un árbol sin raíces. Sólo las monedas la unen al pasado, los Kuruş de su madre, las monedas del museo. El relieve del metal ya sólo sirve para unir las yemas de sus dedos con las de su madre. Un puñado de círculos de acero extrañamente cálidos le traen del pasado las caricias de Fareeda. Mira las monedas de la vitrina. En su relieve, el tacto de alguna antigua Sadira añorando a su madre muerta.

– Soy persa –le dice a Firuze–, las dos somos persas.
– No –contesta Firuze–, somos turcas.
– Tu nombre es turco [4], tus padres son turcos, nuestra comida, nuestro café, son turcos. Pero eres tan persa como yo.
– No deberías ir tanto al museo…
– Firuze, somos persas. Bajo los pies, siempre, una tierra demasiado pequeña y un camino interminable por delante. ¿No te das cuenta? Tenemos el lapislázuli y la canela: somos persas, porque no podemos ser otra cosa.

© Mayte Sánchez Sempere 2012 - Monedas persas fusionadas dentro de una vasija de barro. Museo de Pérgamo, Berlín.


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[1] Kuruş: moneda fraccionaria turca.
[2] Calle berlinesa del distrito de Kreuzberg, conocido como “pequeño Estambul” por el número de turcos que viven en él.
[3] El nombre Sadira  hace referencia al azofaifo.
[4] Firuze significa “turquesa”.

sábado, 23 de marzo de 2019

Curiosidades tejeriles XVIII - El «Consolato dell'Arte della lana»

Hoy, en «curiosidades tejeriles» nos vamos de viaje a Nápoles, en concreto a la «Via Arte della lana». Cuando la vi me llamó mucho la atención y tuve que ponerme a indagar.

La calle está dedicada al «Consolato dell'Arte della lana». Pero, eso ¿qué era?

© Mayte Sánchez Sempere 2016

En 1480, durante el reinado de Fernando I de Nápoles (1423-1494) se constituyó este consulado otorgándosele los mismos privilegios que al de la seda y destinado a proteger a los artesanos y comerciantes de lana, que hasta ese momento se habían asociado de forma esporádica.

Entre los privilegios que consiguió este consulado estaba el que sus miembros no podían ser juzgados por tribunales ordinarios, sino que contaban con su propio tribunal. En cuanto a medidas legales, además de una exención de tasas en aduana, se prohibió, bajo diversas penas de multa, la comercialización y elaboración de artículos de lana de forma particular, es decir, fuera de los miembros del consulado. ¿Os imagináis? Tendríamos que pertenecer al «Consolato» para poder hilar o tejer... algo así como pertenecer a un sindicato, gremio o asociación.

© Mayte Sánchez Sempere 2016

También tenían una misión que hoy podríamos llamar de «servicios sociales»: entre los siglos XVI y XVII se mantenía a artesanos del gremio pobres y necesitados y también se ocupaban de las hijas solteras sin padre y en «peligro de honor», alojándolas en el Conservatorio de Santa Rosa, creado por el consulado junto a la Capilla de San Juan Bautista, de cuyo mantenimiento también se ocupaba el consulado.

Establecieron normas sobre la fabricación y comercialización de los productos derivados de la lana así como un impuesto voluntario que se utilizaba para financiar las obras de caridad.

© Mayte Sánchez Sempere 2016

Los privilegios, que en los primeros siglos habían ido incrementándose, fueron disminuyendo al mismo tiempo que la importancia de esta industria, disolviéndose el Consulado en 1808.

Más de 500 años de historia de la que sólo nos queda el nombre de la calle y, quizá, la idea de que aquellas asociaciones profesionales hacían la vida algo más fácil a los artesanos.
© Mayte Sánchez Sempere 2016

© Mayte Sánchez Sempere 2016

© Mayte Sánchez Sempere 2016

(Para ilustrar, os dejo algunas de las fotos que hice en Nápoles, entre ellas la placa de la calle. No sé si con ellas conseguiré haceros viajar hasta allí...).

miércoles, 20 de marzo de 2019

Curiosidades tejeriles XVII - Kate Davies

Hoy, en «curiosidades tejeriles» vamos a conocer a la diseñadora británica Kate Davies.

Davies vive en las Highlands de Escocia, un lugar con maravillosos paisajes en donde pasea, escribe y diseña. Se doctoró en Historia del siglo XVIII y ha escrito numerosos libros, ensayos y artículos. Se ha especializado en historia textil, historia de las mujeres y diseño y ha combinado todos estos intereses en sus libros Colours of Shetland (2012), Yokes (2014), The Book of Haps (2016) e Inspired by Islay (2017). Además, desde 2015 fabrica su propia marca de lana escocesa.


Hasta aquí, parece la historia de una mujer emprendedora que ha tenido éxito. Pero hay más. A los 43 años Kate sufrió un accidente cerebro vascular, un ictus, que la dejó en silla de ruedas. Con el lado izquierdo del cuerpo paralizado, teniendo que aprender de nuevo a utilizar un tenedor, se le hizo muy difícil retomar el tejido. Pero lo hizo. Empezó por un par de calcetines y continuó día tras día.



Dice Kate «Mi abuela me enseñó a tejer, pero después del ictus no podía hacer cosas como peinarme. [...] Mi mano no recordaba como hacerlo. No sabía usar un tenedor. Pero enseñarme de nuevo a hacer esas cosas fue muy importante para mi y significaba que podría volver a tejer. [...] Era horrible, pero esos pequeños actos eran importantes».

«Cuando estás en una unidad de ictus, son muy realistas. No oía bien, lo que haría que la vuelta a mi trabajo como conferenciante fuera muy dificil. Además estaba en una silla de ruedas [...] No tenía prisa por volver al trabajo, pero cuando el terapeuta ocupacional me preguntó qué iba a hacer a corto y a largo plazo, le dije que haría patrones de tejido y los vendería. Pensaron que estaba loca».

Su inspiración está en los paisajes que la rodean y en sus tradiciones, combinando así sus conocimientos académicos y su pasión por Escocia.


Ahora, algunos de sus patrones se han vendido hasta 40.000 veces. Compra lana a ganaderos locales y decide los colores para los tintes, elaborándose todo en pequeñas fábricas locales. Su marido, fotógrafo, comparte con ella la pasión por los paisajes y la historia local, así que colabora con ella en los libros.


Y Kate, que no puede correr, ni nadar, dos cosas que le encantan, es feliz, siente que tiene algo que ofrecer: ayudar a otros a atreverse a volver a tejer.


domingo, 17 de marzo de 2019

Curiosidades tejeriles XVI - Yulia Ustinova

En los últimos años ha crecido mucho la afición a los amigurumis, las tejedoras buscan desesperadas todo tipo de personajes y parece que los patrones tienen que compartirse sí o sí.

Hay patrones gratuitos... algunos francamente espantosos; otros, más «correctos» no son tan especiales como los que ha hecho alguien que, además de conocer cómo funciona el tejido, cómo se le da forma, cómo se puede obligar al hilo a convertirse en algo tridimensional, tiene la capacidad de crear un personaje.

Sé que hay muchas tejedoras a las que les sienta mal que alguien no comparta su patrón... hay quienes venden sus muñecas para ganarse la vida, pero ahora no estoy hablando de eso. El patrón es más que unas instrucciones: es la «receta» de la creación.

Y pensando en todo esto, me he acordado de Yulia, que teje unas «muñecas» muy, muy especiales.


Yulia nació en Moscú en 1962 y se crió en una familia de artistas: su madre es escultora y su padre, ilustrador. Cuando tenía 5 años, su madre le enseñó a tejer a ganchillo y durante todo su aprendizaje artístico continuó tejiendo en su tiempo libre: ropa, juguetes sencillos, cosas para la casa...

Y de pronto, cuando ya trabajaba como ilustradora, se le ocurrió la idea de poner una muñeca de pie. A partir de ahí, fusionó su pasión por el ganchillo con la escultura y empezó a hacer estas pequeñas obras de arte.


Pequeñas porque miden entre 25 y 60 centímetros. Grandes, muy grandes a mi gusto, por lo bien que reflejan el mundo femenino. Las posturas, las expresiones, están en su mayoría inspiradas en la propia vida o en las reflexiones de la autora sobre algún acontecimiento.


Utiliza siempre lanas jaspeadas para alejarse de la clásica muñeca. Los colores los mezcla ella misma, uniendo 4 o 5 hebras, dependiendo de la combinación que busque para expresar su idea.


¿Qué os parecen? A mi me resultan muy inspiradoras: por su forma de retratar la realidad, por el magnífico uso del hilo y la aguja y por el impulso creador de poner de pie una muñeca. Las imágenes las he tomado del facebook de Yulia.

sábado, 16 de marzo de 2019

Cosas que escribí hace tiempo: Universo en expansión (2012)

- Sin puntos de referencia estables, no se puede medir el espacio. Sin un espacio medible, no se puede medir el tiempo. En un universo en continua expansión debemos buscar puntos de referencia estables para poder saber cuántos segundos transcurren desde que la estrella revienta en mil pedazos hasta que nos alcanza uno de ellos. Uno pequeño que se acerca atravesando un espacio que se dilata continuamente y hace que su carrera se alargue y la agonía de este planeta se prolongue. La esfera de mi reloj es un espacio medible, el movimiento de las manecillas nos sirve para medir los segundos, los minutos, las horas. Pocas. Muy pocas horas, dicen, le quedan a este pequeño punto sin importancia dentro de un universo en continua expansión. Fíjate bien, quizá la aguja grande no llegue a dar la vuelta completa. El reloj no se expande, es un espacio finito y estable, el tiempo se queda dentro y sólo gira. ¿Comprendes lo que te quiero decir?

Desnuda sobre la arena ella le mira sin decir palabra. En el cielo azul una luz crece. El pedazo de estrella se acerca y ella se siente estúpida. ¿Para qué echar el último polvo? ¿Qué sentido, que no sea el que le ha buscado más de un guionista de televisión poco imaginativo, qué sentido tiene terminar en pelotas gimiendo de placer mientras el mundo se desintegra? ¿Para qué recurrir a algo tan conocido? ¿No sería mejor probar algo nuevo, hacer algo cuyas consecuencias sabes que nunca vas a tener que pagar? Sea lo que sea, nadie te va a pedir cuentas mañana porque mañana, en un universo en continua expansión, los pedazos de este pequeño punto insignificante viajarán a toda velocidad en todas direcciones, provocarán cráteres en Marte y Venus, se quedarán prendidos de la órbita de Júpiter o llegarán hasta el Sol portando restos de adn de un sinnúmero de especies que el hombre aún no ha llegado a entender.

Se levanta y se mete en el agua. Él la mira extrañado.

- No tardes, casi no queda tiempo.

Ella empieza a nadar hacia el horizonte. El agua está fría. Nada hacia la luz que se acerca, alejándose del reloj, de lo sabido, de  él. Por fin, sin miedo, alejándose de él.

En un universo en continua expansión, a veces, las líneas rectas se curvan y las órbitas se modifican o, sencillamente, una mujer nada hacia el horizonte y la eternidad se instala entre sus piernas, allí dónde un hombre esperaba morir y sin embargo, no le queda más remedio que seguir buscando un punto de referencia, un espacio estable, una medida para el tiempo, ahora que ella se ha ido.




(Voy a ir recuperando algunos de los relatos que escribí hace años y que siguen olvidados aquí, en el blog. Así estarán, quizá, doblemente perdidos y olvidados o, en el mejor de los casos, releidos y hasta disfrutados, vaya usted a saber).