miércoles, 29 de julio de 2020

Escultura y espacio público - II

Sigo con las esculturas que me han gustado, toca la cuarta. Os recuerdo que podéis sumaros al asunto, se trata de compartir esculturas que os gusten, que signifiquen algo, que sean importantes para vosotras, un poco en contraposición a la guerra, un poco absurda, un poco lógica, de derribar monumentos o símbolos en función se su significado. La verdad es que la polémica me parece muy interesante... ¿debe el espacio público reconsiderarse y únicamente rendir homenaje a quien en cada momento la mayoría crea que lo merece? ¿Hay que revisar los monumentos cada cierto tiempo? ¿En qué momento una estatua pierde su significado inicial y cómo adquiere otro con el paso del tiempo?

Me viene bien la reflexión para la "estatua" de hoy: El toro Farnesio. Es un grupo escultórico enorme, el mayor procedente de la antigüedad clásica, esculpido hacia el 130 a.C y que se encuentra actualmente en el museo arqueológico de Nápoles.

Es impresionante, enorme, lleno de movimiento, una obra que te puedes pasar mirando una hora, con toda tranquilidad y sin aburrirte. El tema es horroroso... dos hombres, Anfion y Zeto, atan por venganza a una mujer, la ninfa Dirce, a un toro que la arrastrará hasta matarla.

Esto, en el momento en que se esculpió se consideraba didáctico, educativo seguramente. Explicaba un momento de la mitología griega.

Después, el papa Pablo III que andaba buscando en 1546 esculturas antiguas para decorar su palacio, la encontró (él personalmente no, claro está) en las Termas de Caracalla, en Roma. Se restauró bajo las órdenes de Miguel Angel y se utilizó como fuente. Es decir, adquirió una función puramente decorativa, perdió su significado original y se convirtió en símbolo de riqueza, cultura y buen gusto.

Desde 1828 está en el museo, ahora ya como "obra de arte", carente por tanto de significado o utilidad, tal como entendemos ambas cosas hoy en día. Como obra que está en un museo, tiene nada más (y nada menos) que la misión de mostrar las capacidades artísticas de "la gente antigua", que al parecer deberían ser mucho más torpes que nosotros y sin embargo, eran capaces de esculpir algo tan impresionante en aquella época remota de humanos medio tontos y babeantes (ya se me ha ido la pinza... es que cuando algunos guías te cuentan las cosas, parece que además de haber nacido ayer tampoco se han molestado en informarse de cómo ha funcionado la humanidad en los últimos 20.000 años).

Es decir, en 2150 años, desde que se esculpió hasta esta mañana, la misma obra ha estado en diferentes sitios, ha tenido diferentes significados y usos y no ha habido necesidad de destruirla, a pesar de que, estoy completa y absolutamente segura, ha tenido que haber momentos en que se haya considerado intolerable o salvaje esta imagen de la tortura de una mujer a manos de dos hombres, utilizando a un animal asustado para llevarla a cabo... ¿verdad? (Sí, es ironía).

(En esta ocasión las fotos son mías)



La escultura número cinco es un poco rara, lo sé, sobre todo el título: Unidades-Yunta de Pablo Serrano. Recuerdo que de pequeña (antes de los 13 años, seguro) pensaba en lo que costaría acercar las dos mitades y en cómo quedaría una vez cerrada, si encajaría perfectamente o no, si el escultor había partido de una sola pieza que había cortado o las había hecho por separado. Pensar que no encajarían bien me llevaba a pensar en que un huevo roto no puede volver a cerrarse y en la diferencia con una manzana. Y en que al cortar una manzana, si no cortas también las semillas, a veces se quedan en un lado, dejando su hueco en el otro. El hueco que queda cuando separas algo que estaba unido. El todo, sus partes, sus huecos, sus bultos, lo brillante dentro, como el tesoro escondido.

Recuerdo ese tipo de pensamientos, las imágenes que los acompañaban: una manzana amarilla de las que nos ponían en el comedor cortada con uno de aquellos cuchillos romos e imposibles en un plato transparente de duralex a través del que se veía la formica imitación a madera de sapelli de la mesa. Lo cierto es que, aunque llevo mucho tiempo sin pasar por su lado, es de los monumentos que definen mi Madrid, el que recuerdo de toda la vida. Está en un sitio extraño, en el museo de escultura al aire libre de la Castellana, debajo del puente que cruza desde la calle Nuñez de Balboa a la plaza de Rubén Darío.

Hace años que no paseo por la zona, durante un tiempo trabajé muy cerca y pasaba regularmente por allí. Quizá sea el museo de escultura al aire libre más ruidoso que pueda haber, con todo el tráfico pasando por la Castellana... y desde luego, total y radicalmente opuesto al Valle de los Sueños, en Puebla de la Sierra (Madrid), del que hablaré otro día.

(Imágenes obtenidas de Internet).



Para la número seis, he optado por un monumento que me impresionó cuando estuve en Londres el año pasado. No lo conocía porque hacía más de 30 años que había estado allí y este monumento es de 2005. Un monumento a las mujeres en la II Guerra Mundial, de John W. Mills. Observadlo bien un momento antes de seguir leyendo, por favor, miradlo bien.

¿Ya? ¿Veis lo mismo que yo? Ropa. Uniformes para destacar la labor de las mujeres durante la guerra. Pero no hay mujeres, ninguna. Es un monumento a las mujeres sin mujeres. Me quedé pasmada mirándolo en medio de la calle, de verdad. ¿Os imagináis un monumento a los hombres en la guerra sin hombres, solo con los uniformes vacíos, con las armas apoyadas en la pared? De hecho, a poca distancia de allí hay otro monumento a los hombres, a los soldados que lucharon en la Batalla de Inglaterra, todo épica y drama... lo pongo también para que podáis comparar.

Por lo visto, la intención era reconocer las labores que llevaron a cabo las mujeres durante la guerra, los trabajos que asumieron entonces y que después, devolvieron a los hombres. Parece entonces que el monumento no está exactamente dedicado a las mujeres ¿no? ¡Vaya, qué curioso! Y ya. No voy a decir nada más. Que cada quien reflexione sobre cómo utilizamos el espacio público para rendir homenaje dentro de un esquema social y político determinado.

(En este caso, las fotos son mías).



domingo, 26 de julio de 2020

Escultura y espacio público - I

Hace unas semanas asistimos a una "guerra de las estatuas", con monumentos derribados o vandalizados que movió a Maite Ugalde, a la que conozco por redes, a compartir 10 esculturas que le han gustado o que son importantes en su vida. Siguiendo su estela, decidí hacer lo mismo pero a mi manera.

Me parece interesante revisar nuestra relación con los monumentos que pueblan el espacio público, su significado en nuestras vidas y el sentido que pueda tener conservar algunos en la calle y guardar otros en museos... por no hablar de los componentes estético, simbólico y político de monumentos, homenajes, triunfos y demás. Esa es la idea de esta serie de entradas: compartir unas cuantas esculturas y explicar qué es lo que he visto en ellas, todo con la idea de abrir el debate o, al menos, provocar un minuto de reflexión más allá del "esa estatua hay que quitarla" o "qué incultos los que la han derribado".

La número uno es una de las que más me ha sorprendido, quizá por inesperada. Yo, tonta de mí, no sabía nada de Baltasar Lobo hasta que fui por segunda vez a Zamora. Flipé. Todas sus esculturas, las del museo, las de la muralla, me gustaron mucho, pero esta maternidad me gustó especialmente, por su alegría y su ternura. Dentro del museo hay otra que también es una belleza absoluta, como no se pueden hacer fotos, hice un apunte a lápiz.

Sobre Baltasar Lobo, resulta que es uno de esos artistas maltratados por las administraciones públicas. No sé cómo estará ahora el asunto, pero cuando fui a Zamora en 2013, la obra del escultor se mostraba en un pequeñísimo museo, insuficiente para albergar y exponer de forma digna el legado que el autor donó a la ciudad.





La número dos es La gran Penélope, de Antoine Bourdelle. Esta la descubrí en la Fundación Mapfre, en una exposición titulada ¿Olvidar a Rodin?, en el verano de 2009. Después vi una versión en miniatura en la galería d'Orsay, en París, y ganas me dieron de echarla "al bolsillo"... bueno, es muchísimo más pequeña que la grande, que mide casi 2 metros y medio de altura, pero en el bolsillo, no cabe.

¿Qué tiene esta enormidad para haberme gustado tanto? Pues creo que es la paz, la serenidad, la sensación de abrazo y de amor, de feminidad y maternidad que transmiten esos muslos enormes y quietos, ese vientre ligeramente redondeado, de mujer madura, esa postura de los brazos y los propios brazos, blandos, llenos, la expresión de eterna espera y paciencia infinita. Está quieta pero está viva, está esperando pero a punto de echar a andar, es como una columna viviente, en eso, quizá por los pliegues verticales de la falda, me recordaba a las famosas cariátides, que creo que también pasarán por aquí muy pronto.

(La foto de la grande la he sacado de "la internete", no sé de quién es; la de la pequeña es mía).



La tercera estatua es, posiblemente, la primera que vi en mi vida. Se trata de un grupo escultórico de Marino Amaya, un escultor de Astorga muy poco conocido.

Cuando a mediados de los 60 empezó el auge del madrileño barrio de Moratalaz, en la plaza que entonces constituía el centro del barrio y que se llamaba de Pablo Garnica (ahora Plaza del Encuentro, para los del barrio, Plaza de Simago para siempre), se instaló, en medio de una pradera de césped, este monumento en que un niño corre hacia los brazos de su madre. No me parece una gran obra de arte, no es impresionante ni grandiosa, ni siquiera muy original, pero es precisamente esa cercanía en sus proporciones, esa alegría, esa sencillez, las que, a mi gusto, le hacen merecer un espacio en un barrio como este mio, tan del baby-boom.

Con los años, las sucesiva obras en la plaza y el vandalismo, de todo aquello solo queda el tronco arrodillado de la madre, que han colocado en un rincón cerca de la Junta de Distrito pero fuera de la vista. Desde hace un par de años, si mal no recuerdo, hay interés en el barrio por restaurarla y volverla a colocar en su sitio; no tengo muchas esperanzas.

(Las imágenes las he sacado todas de internet. Sin permiso de los autores, que tampoco sé quiénes son. Si alguno me lee o sabe de quién son, por favor, que se manifieste para atribuir autoría como debe ser).




sábado, 20 de junio de 2020

¿Ensalada o jardín?

Flores de escarola. Por Mayte Sánchez Sempere

Flores de lechuga. Por Mayte Sánchez Sempere

Flor de alcachofa. Por Mayte Sánchez Sempere

viernes, 22 de mayo de 2020

Confesiones recuperadas
Sobre niños con altas capacidades

Este texto lo escribí hace un año. Me he dado cuenta de que publicar en facebook tiene un inconveniente: no hay manera de encontrar bien las cosas. Así que hoy he decidido ir trayendo aquí los textos que me gustaría que no se perdiesen.



Le he estado dando vueltas durante mucho tiempo y al final he decidido que puedo hablar de ello, aunque sé que muy posiblemente habrá quien me critique. Son cosas que nos han enseñado a callar, a disimular, porque no está bien visto decirlas en voz alta. Pero ya tengo muchos años y creo que quizá mi experiencia pueda ayudar a otras personas. Ahí voy: soy una mujer bastante inteligente. De hecho, creo que si me hubieran hecho pruebas de pequeña habría sido una de esas niñas con altas capacidades. Preguntadle a mi madre...

Recuerdo muchos momentos de mi infancia como momentos de angustia y estrés. Porque no sentía que encajase, nunca me identifiqué con las personas de mi edad: a los 5 o 6 años estaba convencida de que era una persona mayor y me gustaba hablar con adultos mucho más que con otros niños. Me molestaba que los mayores no me escuchasen como a uno más. Inventaba historias, las dibujaba y odiaba que me hiciesen participar en juegos colaborativos (bastante absurdos, a mi parecer) porque interrumpían mi línea de pensamiento, me molestaba muchísimo que no me dejasen pensar en mis cosas. Me encantaban los juegos de construcción, solitarios, porque mientras construía podía pensar en otras cosas, me gustaba hacer puzzles del revés y luego darles la vuelta a ver si había acertado con el dibujo. Y me costaba dormir, todavía me pasa, porque mi mente suele estar pensando en tres cosas al mismo tiempo a toda velocidad y no hay forma de pararla salvo por agotamiento. Necesito, necesitaba, crear, construir, darle forma a algo, pero al mismo tiempo me costaba muchísimo focalizar mi atención, tomar decisiones, centrarme en una sola cosa. Me gustaba quedarme con la mirada perdida en el infinito y a veces, para centrarme en uno solo de mis pensamientos necesitaba hablar sola, ponerle voz a uno para separarlo de los demás.

Recuerdo aburrirme mortalmente en el colegio, pasar horas sentada pensando en mil cosas al mismo tiempo y dibujando a escondidas, con un nudo en el estómago pensando en la hora del recreo, porque las materias las comprendía a la primera pero la forma de relacionarse de mis compañeros, no. Hubiera dado cualquier cosa por que lloviese todos los días para poder quedarme en los recreos leyendo o dibujando, porque no me gustaba correr ni saltar, me veía torpe y lenta y además, en el fondo, no me interesaba. Pero como todos, quería encajar y tenía la impresión de que no lo hacía, de que no les gustaba a los demás, de que no me entendían y no me querían. No sé qué pensaban ellos realmente ni que recuerdos tienen mis compañeros de clase, hablo de mi angustia de entonces, de mi miedo, de mi sentirme ajena y extraña porque por más que intentase adaptarme no me salía bien. Les escuchaba hablar, anotaba mentalmente sus temas de conversación e intentaba reproducirlos, pero no me gustaba el resultado y me frustraba, me sentía mucho más a gusto entre adultos. Tenía algunos amigos, claro, algunos otros niños y niñas con los que sí me sentía a gusto, pero tenía que ser en pequeñas dosis, de uno en uno. La presión del grupo me desestabilizaba, me daba ganas de llorar.

Sacaba muy buenas notas, es cierto, pero solo disfrutaba leyendo, dibujando, escribiendo y a veces, haciendo ejercicios de matemáticas. Me leí prácticamente toda la enciclopedia de casa a escondidas, ponía la excusa de que tenía que buscar algo para un trabajo y leía las entradas una detrás de otra, descubriendo el mundo con un asombro y un placer enormes. También me gustaba leer el diccionario, conocer palabras nuevas. Era feliz entre libros, lo sigo siendo.

¿Por qué cuento todo esto? Pues porque a veces me da la sensación de que no somos conscientes de lo que supone ser distinto y tratamos a los niños con altas capacidades como a monitos de feria, en plan "mira, mira lo que hace el niño, mira cómo habla, mira lo que sabe", a veces nos creemos que el "listo" nos está restregando lo que sabe, que está poniéndole pruebas al profesor, que se lo tiene creído, que es un prepotente y no nos damos cuenta de que para ellos muchas veces no es fácil encajar, que se pueden sentir muy solos y perdidos y con nuestra actitud podemos estar haciendo que se sientan peor. A estos niños hay que prestarles atención, hablarles, escucharles y por encima de todo, respetarles (como a cualquier otro niño, dicho sea de paso). Tenemos que quitarnos los prejuicios esos que nos hacen creer que los niños con altas capacidades son adultos en pequeño: puede que hablen como adultos, incluso que se sientan bien con ellos, pero siguen siendo niños.

Publicado originalmente el 22 de mayo de 2019

lunes, 18 de mayo de 2020

Hecho en casa: lana hilada con husos de mano

Hilar es una de esas cosas que relajan y conectan con las madres de todos, las madres antiguas, las madres con manos de tierra y de sangre.


domingo, 5 de abril de 2020

Últimas lecturas - muy poco, muy bueno



Los surcos del azar
Paco Roca - 10/10

Paco Roca es, ahora mismo, mi autor favorito de tebeos, o novelas gráficas, que se llaman ahora. En esta, extraordinariamente montada, estructurada y dibujada, nos cuenta la historia de La Nueve, la compañia formada por españoles que liberó París en 1944. Pocos me parecen los muchos premios que ha ganado esta obra.



El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes
Tatiana Ţîbuleac - 10/10

¡Menuda joya! Hacía tiempo que no leía algo tan conmovedor y emocionante, tan lleno de espinas y luz, tan bien contado y tan personal. De verdad, esta novela hay que leerla.

Labores confinadas


lunes, 9 de marzo de 2020

Últimas lecturas



Recuerdos del futuro
Siri Hustvedt - 10/10

Nos cuenta Siri una parte de su vida, cuando muy joven y recién terminados sus estudios universitarios se instala en Nueva York con la idea de escribir. La imagen que tiene de sí misma, en restrospectiva y recordando, sus planes, sus vivencias... la verdad es que me ha gustado mucho.


En el corazón de la zona gris.
Una lectura etnográfica de los campos de Auschwitz
Paz Moreno Feliu - 10/10

Tremendamente interesante. Por más que creamos saber, este acercamiento a los campos desde un punto de vista intelectual pone todo el horror de que es capaz la humanidad desnudo delante de nuestros ojos. No son necesarios artificios sentimentales, la realidad, la exposición de los hechos y el estudio de las memorias de las víctimas son suficientes. Se trata de una obra de estudio accesible, creo yo, a cualquiera con un nivel lector medio, no hace falta ser una erudita para entenderlo. Lo recomiendo, creo que merece mucho la pena.



Si esto es un hombre
Primo Levi - 10/10

Ya que estaba en Auschwitz, un testimonio en primera persona. Escalofriante y conmovedor, poco puedo decir de esta obra que no se haya dicho ya. Quizá, que he tardado demasiado en llegar a ella.




La tentación del perdón
Donna Leon - 8/10

Siempre para desengrasar me leo uno de estos en un par de días. Llevaba varias lecturas bastante profundas y densas, así que esta historia del comisario Brunetti me la leí en nada. Y la disfruté, como siempre, aunque en esta ocasión, un poco menos. Pero como siempre, Venecia se desborda y pasear por sus rincones resulta muy refrescante.

viernes, 21 de febrero de 2020

Hecho en casa
Los primeros calcetines del año

Ando con muchas cosas entre manos y se me olvida que tengo este rinconcito donde guardo las cosas para que no se me pierdan.

Compré esta lana hace muchos meses y no tenía planes para ella hasta que al volver a mirarla bien me di cuenta de que tenía los colores que vi en Islandia. Así que hice un diseño añadiéndole el blanco de la nieve y los cabos marineros. Bonitos y calentitos.