miércoles, 24 de abril de 2019

Últimas lecturas - variadito

Tribulaciones de un sicario
Elena Casero - 9/10

A mí la novela negra me gusta y me aburre, dependiendo de cómo esté escrita. Como muchos, descubrí el género con Agatha Christie, a los 11 años, estando enferma en cama durante dos semanas o así. En medio de la fiebre mi abuela me dejó coger el libro que quisiera de la estantería que había a los pies de la cama en aquella habitación azul que siempre recordaré como lugar de misterios, quizá porque de ella vi salir al fantasma de mi bisabuela, pero eso es una historia más de Jimenez del Oso... Después de aquello vino Conan Doyle, completo. Raymond Chandler y Mary Higgins Clark no me acabaron de entusiasmar y no volví a leer en negro hasta que descubrí a Camilleri. Ahora son él, Petros Márkaris y Donna Leon, con Fred Vargas como asignatura pendiente. Hay más: Dolores Redondo, Patricia Highsmith, Carlos Salem, Berna González Harbour...
¿Por qué hablo de todo esto en lugar de hacerlo del libro de Elena? Pues porque creo que se merece esta compañía, se merece formar parte de la nómina de autores de negra que quiero seguir leyendo, que quiero en mi biblioteca. En Talentura lo saben y por eso la han reeditado para celebrar el 10 aniversario de la editorial. Yo he aprovechado la oportunidad y me he hecho con ella. De verdad, hacedme caso, leedla.

Secretos a voces
Alice Munro - 9/10
No me canso de leer a Alice Munro, es un disfrute enorme y además una valiosísima lección. Cada vez que me acerco a ella aprendo algo o creo aprenderlo. Su forma de relatar, tan cercana y al tiempo tan profunda, tan próxima a la vida y a la vez tan trascendente, me parece envidiable. Me encantaría ser capaz de hacer algo así, de ponerle tanta carne a los personajes, tanto aliento a sus palabras.
En este caso, a través de una serie de relatos, nos acercamos a una comunidad concreta, a sus relaciones, su historia, sus vidas. Muy recomendable.






La repudiada
Eliette Abécassis - 7/10
Leí hace años "El oro y la ceniza" y me pasó un poco lo mismo que con esté: transitar por la historia se me hace incómodo, no sé bien por qué. Es como intentar abrirse paso por una habitación llena de muebles con las persianas bajadas. La impresión general ha sido buena, pero, siendo un libro muy corto, se me ha hecho largo al principio y precipitado al final. No sé si le daré más oportunidades a la autora... 

Siete casas en Francias
Bernardo Atxaga - 8/10
No había leído todavía a Atxaga y la verdad es que me ha gustado. La novela nos lleva al Congo Belga, al tráfico de ébano y márfil, la colonización más salvaje e inhumana, el interés económico, las violaciones, la Europa más bestial suelta en África. Es una novela llena de horrores contados con una naturalidad que los hace aún más terribles. Muy interesante para recordar de donde viene nuestra relación con África.









El mundo de Rocannon
Ursula K. le Guinn - 9/10


Estoy releyendo algunas de las novelas de esta autora y me están gustando lo mismo o más que cuando las leí a los 17 o 18 años. Afortunadamente tengo una memoria lamentable para los argumentos, así que de nuevo me sorprendo, sufro, río y me ilusiono, me emociono o me angustio como entonces pero con 30 años más de lecturas encima, lo que hace que las reflexiones sean algo más profundas o al menos algo diferentes.

domingo, 14 de abril de 2019

Cosas que escribí hace tiempo: Dos espigas y una rama de olivo (2012)


– Sadira –decía Fareeda–, la caja está casi llena –y le enseñaba la lata de cigarrillos Dimitrino, prácticamente llena de monedas.

– Sadira –decía Fareeda–, estos son tus ahorros, para cuando te cases –y acariciaba, orgullosa, las monedas de 25 Kuruş [1].

– Sadira –decía Fareeda–, mi madre hizo lo mismo; desde siempre en nuestra familia se ha hecho así –y hacía tintinear las monedas dentro de la lata.

Sadira entra en el pequeño apartamento de Spremberger Strasse [2] que comparte con Firuze. Huele a café y a canela. Deja sobre la mesa de la cocina la bolsa llena de verduras que ha subido del mercado y empieza a vaciarla, acariciando cada pieza. Los pimientos y las berenjenas brillan.

– ¿Has comprado pescado? –pregunta Firuze desde su habitación.
– Sí… y pan.

Sadira se afana en la cocina recogiendo la compra. El pescado brilla. Firuze, a contraluz, pregunta desde la sala pintada de azul intenso:

– ¿Hace falta leche?
– No, creo que queda bastante.
– ¿Qué vas a hacer esta tarde?
– Iré al museo…
– ¿Otra vez?
– Sí.

Firuze se despide y baja las escaleras. Sadira se queda sola. En el armario de su habitación la lata llena de Kuruş inservibles aún guarda el olor a rosas de su madre. Sadira acaricia las monedas de Fareeda: dos espigas, una rama de olivo. El relieve le llena los dedos.

En el museo, Sadira mira otra vez a través del cristal de la vitrina. Monedas persas. Los ahorros de alguna antigua Fadeera, fusionados con forma de vasija, descansan ahí dentro.

– Sadira –decía Fareeda–, mi madre hizo lo mismo; desde siempre en nuestra familia se ha hecho así.

Los ahorros para una boda, enterrados bajo un olivo o en un campo de trigo, perdidos durante siglos. Monedas persas. Tan inútiles como sus Kuruş.

– Madre… Soy un árbol sin raíces [3], como la rama de olivo, como las espigas de tus Kuruş. Madre ¿dónde están mis raíces?

Sadira es alemana y no se siente alemana. Es turca y no se sabe turca. Sadira es griega, por su bisabuela y búlgara por su abuelo. Sadira es un árbol sin raíces. Sólo las monedas la unen al pasado, los Kuruş de su madre, las monedas del museo. El relieve del metal ya sólo sirve para unir las yemas de sus dedos con las de su madre. Un puñado de círculos de acero extrañamente cálidos le traen del pasado las caricias de Fareeda. Mira las monedas de la vitrina. En su relieve, el tacto de alguna antigua Sadira añorando a su madre muerta.

– Soy persa –le dice a Firuze–, las dos somos persas.
– No –contesta Firuze–, somos turcas.
– Tu nombre es turco [4], tus padres son turcos, nuestra comida, nuestro café, son turcos. Pero eres tan persa como yo.
– No deberías ir tanto al museo…
– Firuze, somos persas. Bajo los pies, siempre, una tierra demasiado pequeña y un camino interminable por delante. ¿No te das cuenta? Tenemos el lapislázuli y la canela: somos persas, porque no podemos ser otra cosa.

© Mayte Sánchez Sempere 2012 - Monedas persas fusionadas dentro de una vasija de barro. Museo de Pérgamo, Berlín.


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[1] Kuruş: moneda fraccionaria turca.
[2] Calle berlinesa del distrito de Kreuzberg, conocido como “pequeño Estambul” por el número de turcos que viven en él.
[3] El nombre Sadira  hace referencia al azofaifo.
[4] Firuze significa “turquesa”.