domingo, 8 de diciembre de 2013

Creación


De un tiempo a esta parte la reflexión ocupa una buena parte de mi tiempo, reflexión o simple dejar correr los pensamientos. A veces llego a algún sitio, un pequeño descanso, nada más; otras, los pensamientos llaman a otros pensamientos y divago sin rumbo dentro de mi misma.

Hay algunos temas recurrentes que acaban como fondo de relatos o dibujos. El ser humano que sobrevive y se justifica, es uno de esos temas; la creación artística, otro. Mejor dicho, la creación, sin calificativos: el ser humano como creador, como transformador de la realidad y de sí mismo.

Y aquí se unen ambos, el hombre que sobrevive, que se crea a sí mismo, que hace de su vida una obra que mostrar a los demás. El hombre que miente y que se miente, que mata si lo ve necesario y es un villano o un héroe, dependiendo de las circunstancias. La propia historia como creación y la creación en si misma que acaba convirtiéndose en justificación.

En medio de este batiburrillo de ideas, a veces los dedos buscan lápices con que poner líneas y colores a tanto enredo. Este dibujo, al que he titulado "Creación", es un ejemplo. 

sábado, 30 de noviembre de 2013

Últimas lecturas



Suite francesa
Iréne Nemiróvsky 10/10
Creo que no exagero al calificar esta novela de obra maestra. Y me pregunto cómo de grande habría sido si su autora hubiera podido terminarla antes de que la matasen en Auschwitz. Impresionante el retrato de los seres humanos ante la guerra, el miedo, la muerte...

La hija del sepulturero
Joyce Carol Oates 9/10
Esta autora tiene algo que me fascina. Lo curioso es que la cultura estadounidense, sus modos, sus costumbres, me repelen un poco, pero hay algo en la obra de Joyce Carol Oates, en su manera de retratarlo, que consigue engancharme.


La Nochevieja de Montalbano
Andrea Camilleri 9/10
El que sabe, sabe, en largo, en corto y en lo que haga falta. Sigo enganchada a Camilleri.


El librero de Kabul
Åsne Seierstad 7/10
Conocer otras culturas se hace a veces insoportable, por lo difícil que puede llegar a ser entenderlas desde nuestra propia educación. Cada vez que me adentro en la historia reciente de Afganistan me ocurre que la sensación de incredulidad no disminuye, sino que aumenta. Creo que nunca llegaré a acostumbrarme a esa realidad ni a muchas otras.

sábado, 26 de octubre de 2013

Últimas lecturas



Nada
Carmen Laforet 9/10
Supongo que a estas alturas ya se habrá dicho todo lo que hay que decir sobre esta magnífica novela, así que me limitaré a hacer en voz alta una reflexión que me ha suscitado: ¿por qué tendemos a pensar que las personas que vivían en nuestro país hace 60 años eran grises, estaban entontecidas o vivían sin pensamiento ni sentimiento alguno? Creo que conviene leer obras de postguerra: el cine y la literatura postmodernos nos han pintado un paisaje tópico que es posible que no sea del todo cierto.

Sabor a canela
José Carlos Carmona 5/10
El tono me gusta, aunque me cansan los capítulos tan cortos que en muchos casos creo que no necesitan esa separación. Resulta bonito, con muchas referencias a la música, a los aromas y la luz. Pero la historia ha llegado a recordarme a esas series televisivas en las que al protagonista le pasa todo lo que les puede pasar a doscientas personas en cien años... no sé si me explico.





El torturador arrepentido
Carlos Salem 9/10
Realmente grande. Me cuesta poner en palabras todo lo que me ha removido por dentro esta obra de teatro. El ser humano vuelto del revés, con las tripas al aire y las miserias y virtudes a la vista de todos. Cuestiona, interroga, deja el corazón lleno y vacío al mismo tiempo. Muy, muy recomendable.


Capital
John Lanchester 9/10
Magnífico retrato de la sociedad, no sólo la londinense. Es una novela coral en la que el racismo, la inmigración, el capitalismo, las diferencias de clase, el arte, el fútbol, la familia,... todo, queda retratado de cerca. Sin juicios de valor, el autor simplemente nos presenta, nos muestra, nos deja asomarnos a unas cuantas vidas. La reflexión viene sola.


Historias del 8 de marzo
VVAA 8/10
Espido Freire, Luisa Etxenike, Karmele Jaio, Mariasun Landa, Toti Martínez de Lezea, Nerea Riesco, María Eugenia Salaverri y Arantxa Urretabizkaia nos cuentan 8 historias de mujeres, distintas, emocionantes, divertidas, tiernas... Recomendable.






Fuera de temario
Manuel Espada 9/10
Seguimos con los relatos, esta vez de un autor joven y estupendo, además de simpático... ¿se me nota el amistoso afecto? Pero no es sólo eso, no soy de las que dan coba. Este autor cuenta muy bien y esta colección de transformaciones, adaptaciones, estrategias de supervivencia, amores... lo demuestra. Hacedme caso, no lo lamentaréis.

domingo, 20 de octubre de 2013

Último capítulo


─ ¿Cómo se siente hoy, abuelo? ─el dulce acento de la enfermera le abre a Ricardo la puerta de los recuerdos indianos que ha inventado para otros.

─ Jodido ─contesta, removiéndose incómodo en el sillón tapizado de eskay─. Me duele todo─. Subrayando sus palabras, el sillón emite varios quejidos agudos, la tapicería, un maullido grave y sus huesos, un crujido de maderas resecas.

─ ¿No escribió nada?─ pregunta la mujer, mirando la pantalla del ordenador portátil.

─ Nada, hoy no─ se mira las manos: las manchas ya ocupan todo el dorso, las arrugas y los huesos deformados hacen de esas manos, que son las suyas desde siempre, dos extraños instrumentos que no reconoce del todo.

─ Luego a la tarde le traigo un folletito que me dieron en el metro. Ya verá, seguro que le gusta. Es sobre una feria de libros viejos. Tiene unas fotografías muy lindas, seguro que le gusta─ cantarina la voz de la enfermera, acompañando una coreografía de mantas al aire y almohadas ahuecadas.

─ A mí no me gustan las cosas lindas─ contesta displicente el viejo, crujiendo de nuevo todo él, todo con él.

─ ¡Ay, bueno! Ya se me enojó el abuelo ─ríe ella, completando su higiénico recorrido por la habitación.

─ No me enojé… no estoy enojado –rectifica─, soy así. Vete ya. Y dile a Elzbieta que me prepare otro café.
─ Volando voy, abuelito gruñón –le sonríe, pero al darle la espalda para salir, la sonrisa se transforma en una mueca de asco y hartazgo.

En la cocina, Elzbieta, alta y seca como un árbol de otoño, prepara café para tres.

─ ¿Sigue enfadado? –pregunta, con un acento que a la enfermera le suena a espía rusa de película.

─ No se le puede soportar, al viejo maldito. A ver si ya de una vez me escucha la virgencita y se lo lleva, que aquí, ni vive, ni deja.

─ Nicole, sé lo que tú haces. No está bien, eso.

─ ¿Qué no está bien? No se te entiende cuando hablas, rusa vieja –la enfermera cruza las piernas y enciende un cigarrillo. El humo matiza la mueca en que sus labios se tensan hasta casi convertirse en dos filos rojos.

─ No te hagas tonta. ¿Por qué lees y copias lo que escribe? No está bien.

─ Lo leo porque es lindo, escribe muy bonito.

─ Nicole, eres mentirosa. Tú sólo lees revistas de vidas tontas, no libros –la cocinera se esfuerza por encontrar las palabras en español para echarle en cara a la colombiana todo lo que lleva callando durante meses.

─ ¡Oye, rusa, a mí nadie me llama mentirosa! Métete en tus asuntos y no tendrás problemas, ¿entendiste?

─ El viejo es mis asuntos –sale de la cocina dando un portazo. Desde fuera grita– Conozco otras como tú, conozco mucho.

Elzbieta golpea suavemente la puerta de la habitación:

─ ¿Se puede? Traigo café de señor –empuja la puerta con el pie y caminando estirada como una camarera antigua, se acerca para dejar la taza junto al ordenador–. ¿Necesita algo más?

─ No, gracias… bueno, sí. ¿Puedes quedarte un momento?

─ Sí, señor.

─ Elzbieta, ¿tú recuerdas algo de la guerra?

La mujer lo mira sorprendida.

─ ¿De la suya o de la mía? –acierta a preguntar.

─ De la tuya, de las deportaciones, de la invasión, de los campos… ¿recuerdas algo?

─ Yo era niña cuando vivía en Polonia. Vivía en pueblo pequeño, en campo. No recuerdo. Mi madre me contaba, y mi abuela, pero yo recuerdo sólo nieve y mi padre que se fue y no volvió. Ya soy vieja, no recuerdo casi.

─ ¿Cuántos años tienes, Elzbieta?

─ Casi setenta… soy vieja –la mujer tiene los ojos llenos de nieve y padre.

─ Yo soy más viejo aún… mucho más viejo. Yo no me acuerdo de casi nada –termina la frase en un susurro tan leve que Elzbieta tarda en juntar los sonidos y comprenderlos.

─ Usted escribe recuerdos… –pero no es una afirmación sino una pregunta o quizá, simplemente, incredulidad.

─ Los invento, Elzbieta. Llevo años inventándolos. No hay una sola palabra de verdad en todo eso, ni una.

La anciana polaca sonríe. Los ojos se le iluminan.

─ ¿Todo es mentira? –pregunta sin dejar de sonreír.

─ Todo. Pero nadie puede saberlo… ¿puedo confiar en ti?

─ Sí, señor. Seré como tumba –responde ella, haciendo gesto de cerrarse la boca con una cremallera.

─ Cuéntame algo de tu guerra, lo que te contaron tu madre y tu abuela. Cuéntame, necesito alguna verdad, para variar…

Dos horas después la enfermera los encuentra todavía charlando.

─ A ver, abuelo, que toca asearse para comer. Elzbieta, avísanos cuando esté todo listo. ¿Se siente mejor? Déjeme que le ayude a levantarse.


El viejo se apoya en el brazo de la chica para levantarse. Ella le acaricia la mano y le sonríe.

─ ¿Ya escribió algo? –pregunta mientras empieza con la rutina de aseo diario.

─ No.

─ ¡Ay, viejito! ¿Por qué me quiere tan mal, con lo que yo lo cuido? Ande, vamos despacito al baño. Cuénteme, ¿qué habló con la rusa?

─ Es polaca.

─ ¡Ay,bueno! Qué más dará, si son todos igual. De sangre fría, como los lagartos. No como usted o yo, que tenemos sangre caliente.

─ Yo no.

─ Ah, pero si usted vivió en el Caribe, si que tiene sangre caliente, hombre. A ver, levante el brazo, que no puedo sacarle la camisa así– le quita la camisa y al hacerlo, le pellizca a propósito –. ¡Ay, perdone, fue sin querer! ¿Le hice daño?

─ No.

─ Abuelo, ¿me dejará leer sus memorias?

─ Tú no lees, te vas a aburrir.

─ ¡Ay, no! Con lo que yo le quiero, a mi viejito. No leo otras cosas, pero las suyas sí. Es lindo saber dónde vivió y qué hizo, saber de sus mujeres y sus negocios… tiene usted una vida muy interesante.

Ya aseado y con una camisa limpia, el viejo se queda mirando el ordenador portátil. Allí dentro descansan sus recuerdos indianos de cartón piedra, la novela en que ha convertido su vida. Nicole le observa.

─ ¿Le vino la inspiración justo a la hora de comer? ¿Quiere escribir un rato?

─ No. Quiero comer. Vete a casa, ya me ayudará Elzbieta a acostarme.

─ Hoy se levantó imposible, abuelo –ríe ella–. Ande, seguro que después de la siesta está mejor. Tenga un besito, ya verá como le alegra –y le besa en la mejilla. Él la aparta con el codo.

─ No seas pegajosa, no me gusta que me toquen.

─ ¡Ja, ja, ja! –ríe ella, demasiado–. Se está haciendo viejo de verdad, si no quiere que le toque una hembra. Mañana le voy a dar un masajito que le va a recordar lo que es un hombre, abuelito.

Sentado a la mesa de la cocina, el viejo mira como se mueve Elzbieta. Tiesa, elegante, seria, la mujer trabaja sin dejar de fijarse en si necesita algo. Le rellena el vaso de agua, le retira el plato en cuanto termina, le sirve de inmediato el segundo. Ni una palabra, ni un solo roce. Cada uno en lo suyo: él, comiendo, ella, sirviendo, los dos recordando pasados que nadie más conoce.

─ En tu guerra había malos y buenos, Elzbieta. Ahora todos lo saben, entonces no. Entonces había gente que estaba en el bando de los malos sin saberlo.

─ En todas guerras hay eso. En guerra nadie es bueno todo el tiempo.

─ ¿Y después? Todos creen que yo era de los buenos, que vivía lejos pero luchaba desde allí por los de aquí.

─ ¿También eso es mentira? –pregunta la mujer sentándose frente a él.

─ También. Ya te he dicho, todo es mentira, toda mi vida y todos mis recuerdos. Todas las medallas que me han dado deberían ser de otros; todo el éxito, todo. ¿Qué debería hacer?

─ No entiendo…

─ ¿Debería confesar, escribir ese último capítulo de mis memorias contando la verdad? ¿O debería dejar en paz al personaje, dejarle morir tranquilo? ¿A quién le importa lo que fue y lo que no?

─ A usted le importa.

─ Pero ¿a quién más? No queda nadie, Elzbieta. No tengo a nadie.

Desde la puerta, Nicole, que acaba de volver de la calle, interviene melosa mientras se guarda el teléfono móvil en el bolsillo:

─ Me tiene a mí, viejito.

─ ¡Lárgate! Te he dicho que Elzbieta me ayudaría. Vete ya.

─ ¡Ay, bueno, no se me ponga así! Se me olvidó una cosita en el cuarto… -se lanza escaleras arriba mientras Elzbieta le dedica una severa mirada de advertencia.

El viejo y la cocinera callan, parece una representación teatral que el director ha interrumpido durante unos segundos; los protagonistas quietos, callados, repasando mentalmente sus últimas palabras para no perder el hilo del diálogo. Ricardo se siente, aún más, un personaje que conoce muy bien su papel.

Por fin, Nicole vuelve a bajar. Elzbieta la ve meter algo en el bolso, seguramente el pen-drive en que copia las memorias del viejo. Al atravesar la cocina, Nicole le guiña un ojo a Elzbieta y le sonríe con absoluta maldad:

─ Adiós, rusa; adiós, mi viejito –y sale dando un portazo.

La cocinera se queda mirando a la puerta durante unos instantes.

─ No vuelve –dice.

─ Mejor –contesta el viejo-, estoy harto de ella: tanta sonrisa, tanta miel y tan poca sinceridad.

─ No vuelve y hace algo malo, seguro –insiste preocupada Elzebieta.

─ Es igual –durante unos instantes su mirada se pierde-. Voy a hacerlo, Elzbieta, voy a cerrar las memorias con la verdad. Para cuando se publiquen, ya estaré muerto… –y su sonrisa se llena de amargura y determinación.

* * * * * * * * *
Sentada en el plató de televisión, Nicole repasa mentalmente lo que va a decir. Aprieta con fuerza los papeles en que ha impreso las partes más jugosas de las memorias del viejo. Un técnico de sonido le coloca el micrófono y le advierte que lleve cuidado con las manos para no moverlo. La maquilladora le da un último retoque. Todos ocupan sus puestos, alguien avisa que están a punto de entrar en antena y el estómago de Nicole se encoge.

─ Tal como les hemos anunciado antes de la publicidad, esta noche vamos a desvelar los más oscuros secretos de un famoso escritor –la presentadora, chillona, escotada, vulgar, hace un gesto con la mano hacia Nicole, que ve como se enciende la luz que indica que está en pantalla.

Nicole sonríe triunfante.

─ Nicole Mendoza tiene en su poder un adelanto de lo que serán las memorias del recientemente fallecido Ricardo Díaz Mascaró –continua la presentadora-. Buenas noches, Nicole.

─ Buenas noches –contesta ella. Se siente como el día de su primera comunión, protagonista absoluta.

─ Dígame, ¿es cierto que Ricardo tiene un hijo ilegítimo en Cartagena de Indias?

Y el circo se pone en marcha.

* * * * * * * * *
Sentada frente al televisor, entre las manos un ejemplar de las memorias recién salido de imprenta, Elzbieta piensa en cuántos ejemplares se van a vender después de la jugada de Nicole. Piensa en el testamento de Ricardo, que le cede a ella todos los derechos y en el último capítulo, que desmiente todo lo que Ricardo dijo alguna vez sobre si mismo. Elzbieta mira a la Nicole de la pantalla y sonríe.


(Ilustración: © Mayte Sánchez Sempere 2013 Collage realizado a partir de imágenes publicitarias)

domingo, 6 de octubre de 2013

Últimas lecturas



Un mes con Montalbano
Andrea Camilleri 9/10
Treinta relatos protagonizados por el comisario Montalbano. treinta historias en las que el humor, la memoria, la tradición y el ser humano se combinan magistralmente.

Un viaje a la Antártida
Sergio Rossi 7/10
El continente antártico tiene mucho que descubrir y mucho que preservar. Una lectura sumamente interesante y que consigue mostrar lo complejo del sistema climático.

Un niño prodigio
Irène Némirovsky 9/10
No sé qué me ha impresionado más, la historia en sí misma o la sensibilidad y solidez con que está escrita. Tengo que profundizar más en la obra de esta autora, esto solo ha sido el aperitivo y ha conseguido su propósito: abrirme el apetito.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Dos diarios


Todavía no he pensado en suicidarme.

El espejo me asusta. Ahí detrás hay algo o alguien que inventa muecas para que crea que tengo mala cara a pesar de haber dormido quince horas seguidas. Y no ha sido por el alcohol. Debería haber bebido sola en la cocina hasta caerme de la silla, haber despertado en el suelo con la mejilla pegada a las frías baldosas y el pelo pringoso de ginebra. Debería haber llorado al despertar, al darme cuenta de que él se ha ido y entonces, coger de nuevo la botella y entre sollozos, arrastrar los pies por el suelo de madera del pasillo hasta el cuarto de baño. Y al mirarme al espejo, asustarme.

Tengo los ojos rojos y la piel seca. El pelo revuelto.

La boca seca.

El espejo me enseña una lengua blanquecina. Si mi madre la viera me diría “tienes la lengua sucia” y me daría té para desayunar. Me pondría la manta eléctrica sobre el estómago y me daría una de esas pastillas que saben como el yeso de las paredes.

Puedo creer que bebí anoche y escribirlo en el diario como si fuera verdad. Y luego, en el otro diario, el que ni siquiera yo puedo leer, escribir la verdad. Anoche no bebí. Cené una tortilla francesa mientras miraba los folletos del hipermercado y marcaba con bolígrafo las cosas que quiero comprar. No me caí de la silla. Me acosté a las ocho de la tarde con los ojos secos, porque nunca he llorado por él. Él no existe, tampoco.

Por eso todavía no tengo pensado suicidarme. Cuando lo piense, lo escribiré en los dos diarios y dejaré a la vista el que está lleno de mentiras y poemas, que también son mentira. Dejaré el diario a la vista para que quien me encuentre muerta lo lea y crea que sabe por qué me suicidé y así no tendré que sentirme mal por no haber vivido nada interesante, porque eso será algo que sólo yo sabré.

Escribo en el diario que anoche me caí borracha de la silla de la cocina y que no recuerdo nada, que me he despertado en el suelo y he creído verle a mi lado, hasta que me he dado cuenta de que se fue. En mi diario, él tiene nombre: M. Le llamo así para que resulte más real, como si aún le amase y no quisiera que nadie supiera quién es, como si quisiera protegerle de los demás, de los que le odiarán cuando encuentren mi cadáver y mi diario. M es alto y guapo, rubio y canadiense. Así es más difícil que intenten buscarle. M me quería pero la vida le ha obligado a marcharse. No quiero que parezca mala persona, no quiero que los que lean el diario piensen que soy una ingenua o una imbécil incapaz de darse cuenta de que la están engañando. A pesar de que tengo que aparecer como la víctima, no quiero dar pena.

Si me suicido, daré pena. O me odiarán. Pero también dirán que mi sensibilidad es tan grande que no he podido soportar el inmenso peso de la vida, que los golpes me han hecho buscar un reposo, que mi visión poética de la vida me ha empujado a ponerle fin porque me duele demasiado seguir respirando. Eso será, claro, cuando haya decidido pensar en suicidarme. De momento no lo he pensado.

Tengo casi treinta y cinco años. En el diario he puesto alguno menos, no quiero que crean que estoy entrando en la crisis de los cuarenta. Tengo casi treinta y cinco y estoy sola. M no existe, pero tampoco hay ningún P. En el diario P es mi mejor amigo. Homosexual, claro. Tampoco tengo ningún trastorno mental, eso lo he inventado para el diario. He inventado una enfermedad y un médico, un psiquiatra: el doctor V. Si no doy el nombre de nadie, no se puede comprobar que es todo falso.

No son mentiras, es libertad. Dicen que tenemos derecho a hacer lo que queramos con nuestras vidas y yo lo hago.
He dormido quince horas y no tengo hambre. En la bandeja hay un vaso con leche tibia. El sobre de café descafeinado me pone nerviosa. Siempre espero que sea dorado por dentro, ya no me acuerdo por qué, pero debería ser dorado por dentro y yo debería alegrarme de que lo fuera y escribirlo en mi diario porque habría ganado algo. Un viaje a Las Vegas. Para casarme con M. M es canadiense. El viaje es a Toronto. El café me gusta más cargado. He dormido quince horas pero no es porque bebiera anoche. Me acosté pronto. M se había ido.

El espejo me asusta.

El diario dice que anoche bebí demasiado y debería dolerme la cabeza. Me tomo una pastilla blanca con el café, para el dolor de cabeza. El sobre del café es dorado, en mi diario. Una esperanza remota, una ilusión para un alma atormentada. Escribiré que por fin tengo suerte y voy a viajar al lugar en el que seguramente M estará esperándome. Las casualidades son muy literarias. Por eso los hijos perdidos encuentran a sus padres en las novelas y en la vida real ni siquiera saben que tienen padres perdidos. Mi diario tiene que parecerse más a la vida. El viaje será a Colombia. Tiene más sentido. Por el café.

El sobre de café es plateado en la papelera que hay junto a la cama. Se ha quedado boca arriba y parece un pez muerto sin ojos, un pez leve a punto de echar a volar en busca de su cabeza y sus tripas. Un pez de aire y hielo que huele a café. Al pez muerto lo escribo en el otro diario, el de la verdad: no puede estar junto a Colombia.

La manta también está en el otro diario, el de las verdades incómodas. Es una manta corta que nunca me abriga los pies, una manta que cada día es más corta, justo ahora que cada noche es más fría. Me enrosco la manta alrededor del cuello y la cabeza. Así no veo el espejo que me asusta. Escribiré que soy como Frida Kahlo e invento tocados especiales que no realzan mi belleza pero sujetan mis ideas y las abrigan. El aire se templa dentro de la manta, la luz desaparece, los sonidos se amortiguan. La ideas se calman y dejan de moverse en un remolino de palabras. Las ideas se duermen. Así podría escribir en el diario falso que estoy tranquila y que medito sobre mi triste existencia. Sobre su ausencia.

Lo escribo. 

El suelo está frio y me pincha las plantas de los pies. La manta cae al suelo y la piso, arrastro los pies sobre ella, patino por la habitación sobre la manta. El suelo se inclina y no puedo frenar. Choco contra la pared. Me sangra la nariz. Me da miedo.

Escribo en el diario mucha sangre y una herida en la frente. Con un algodón taponando la nariz, escribo un accidente doméstico provocado por la resaca. Alcohol, desamor y sangre; está quedando muy bien. En el diario de la verdad escribo que me he puesto a llorar al ver la sangre y ha tenido que venir una tata a curarme y abrazarme.

Tengo que pensar en suicidarme antes de comer, para que no me sorprenda ese sueño extraño de la siesta. Si me duermo, olvidaré que tenía que pensar en suicidarme y todo volverá a empezar y tendré que escribir en el diario de la mentira cualquier cosa, y en el de la verdad no podré escribir nada porque la siesta es como un lugar inexistente en el que no estoy.

Los dedos de los pies parecen pequeños seres vivos, redonditos, con un caparazón duro y una barriga blandita. Se mueven casi solos. Me sorprenden a veces moviéndose sin que yo piense en ellos. Se han quedado fríos. Escribo en el diario que han bajado las temperaturas tanto que se me congelan las lágrimas de amarle. Escribo que he recibido una carta en la que un sargento de un ejército me dice que M ha muerto en una guerra llena de arena y sol. El sargento me informa de cuánto me amaba M. Firma como S y me dice que M fue un héroe y en las dunas ardientes su sangre se ha convertido en un oasis en el que sus compañeros de armas beben el agua purificante del valor del soldado, se sacian de heroísmo y cargan sus armas para disparar contra ese enemigo cruel que les acecha. El sargento S me desea buena suerte y un duelo breve. La muerte de M parece un buen detonante para el suicidio.

En el diario de la verdad escribo que me duele el oído. Escribo que la tata me ha traído una bandeja con sopa de fideos y merluza rebozada. Y un flan. Hay una píldora roja junto al vaso de agua. Escribo que no voy a tomarme la píldora para no dormirme hasta que haya pensado en suicidarme.

En el otro diario escribo que busco en el armario de la cocina los somníferos de mi madre. Escribo que abro una botella de ginebra y me quedo mirando las pastillas, pensando si le encontraré al otro lado. Escribo que no sé si hay un cielo para los suicidas ni sé si los soldados que se van a una guerra de arena sin que nadie se lo pida no irán a ese mismo cielo. Escribo que hay un mapa sin carreteras ni nombres del lugar al que van los que se quitan la vida y los que provocan que otros se la quiten. El mismo lugar al que van los muertos que nunca quisieron a nadie y las tatas que pegan y meten pastillas en la boca a la fuerza.

En el diario de la verdad escribo: “Hora de la siesta”. La tata me mira con odio mientras se frota el mordisco de la mano. Cierra de un portazo y la píldora roja del sueño blando se mezcla con mis diarios y hace que las letras bailen y cambien de lugar; las palabras ya no se entienden.

Todavía no he pensado en suicidarme. Lo haré después de la siesta.

(Ilustración: © Mayte Sánchez Sempere 2013 Collage realizado a partir de imágenes publicitarias)

lunes, 16 de septiembre de 2013

Últimas lecturas



Un puñado de polvo
Evelyn Waugh 8/10
La alta burguesía inglesa de entreguerras retratada con ironía y una pizca de mala idea; una historia que en algunos momentos resulta cruel y en otros, absurda y delirante. 


Claroscuro
Nella Larsen 9/10
Me he enamorado de esta autora, de esta historia. El tema, siempre me ha extrañado, nunca he llegado a comprender del todo cómo en Estados Unidos se daba tanta importancia a tener un pequeño porcentaje de sangre negra, en un país hecho de retales, de inmigrantes de todo el mundo, de portadores de sangres seguramente mezcladas.


La ley de los similares
Antonio Tocornal 7/10
Conocía los relatos de Antonio, que son excelentes, divertidos, tiernos y cercanos, así que en cuanto pude, me hice con su primera novela. Y no me ha defraudado. Al igual que en sus relatos, los personajes se perfilan en la realidad de hoy, con profundidad y mucho humor; hace pensar y reír, nos pone delante un espejo en el que, además de lo obvio, se reflejan claramente maneras y actitudes que, por habituales, pasan desapercibidas en el día a día pero que, vistas en las páginas de la novela, llegan a resultar ridículas o absurdas. Me ha gustado, si tenéis oportunidad, haceos con él.


Blood Magic
Tessa Graton 7/10
Me gusta volver una y otra vez a la novela juvenil, compartir lecturas con mis hijas y comentarlas. En este caso lo he pasado bastante bien con esta historia de magia y amor que, aunque no tenga vocación de clásico sí consigue enganchar y hacernos pasar un buen rato. El problema es que, cada vez que termino de leer una novela juvenil me vuelve la tentación enorme de escribir esas novelas que me hubiera gustado leer cuando tenía 15 o 16 años y que no encontré, aunque debo confesar que entonces leía casi más que ahora y disfrutaba con todo: Conan Doyle, Asimov, Lobsang Rampa, E.R.Burroughs, Ramon J. Sender, Frank Herbert, Stephen R. Donaldson. Ahora me toca descubrirles estos autores a mis hijas y, si me animo, ponerme con esas historias que me andan rondando.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Juegos de niñas

©Mayte Sánchez Sempere - 2009
– Bombero –contestó la niña.
– Será bombera –la corrigió su prima, dos años mayor.
– Pues bombera, es igual –rectificó la pequeña, cogiendo del suelo la pelota y lanzándola con fuerza contra la pared-. Bombera y conductora de trenes.
– Eso son cosas de chicos –volvió a corregirla la prima con ese tono de marisabidilla que tanto molestaba a la niña.
– ¿Tú que sabes? –contestó molesta.
– Más que tú, que estás en primero –de nuevo el tono condescendiente calcado al de su madre.

La niña calló y volvió a coger la pelota. Miró a su prima y apretó la esfera de goma pensando en las ganas que tenía de tirarle de la coleta. Se mordió el labio inferior y lanzó con todas sus fuerzas. La pelota rebotó y se alejó rodando de ellas.

– Tendrás que ir a por ella… -dijo la prima.

Sin contestar, la niña le dio la espalda a su prima y se dirigió al recuadro de césped donde la pelota había quedado parada, enganchada en las ramas más bajas de un arbusto de evónimo. Se agachó a recogerla y al hacerlo, un brillo rojo intenso llamó su atención desde el otro lado del arbusto.

– ¡Patri! –gritó- Ven, mira esto.

La otra se acercó despacio, con la nariz levantada y tratando de demostrar que no le importaba demasiado lo que la pequeña había encontrado. Se agachó junto a ella y miró. Muy quietas, las dos niñas observaban entre las ramas bajas.

– ¿Está muerta? –preguntó la pequeña.
– No sé –dijo la otra-. Tócala, a ver si se mueve.

La pequeña alargó la mano con miedo, la metió entre las hojas procurando no arañarse y la dejó quieta a unos centímetros.

– Y si está muerta… ¿qué hacemos? –peguntó sin moverse.
– La autopsia, claro.
– ¿Qué es la autopsia? –preguntó de nuevo.
– Pues es lo que hacen los policías para saber quién la ha matado.
– ¿Y si se ha muerto ella sola, como la abuela?
– Pues entonces se dice “causas naturales” y ya está. ¿Lo ves como no sabes nada?
– ¿Y cómo hacemos la autopsia? –siguió preguntando la pequeña.
– Deja de preguntar y mira si está muerta… si está viva no podemos hacerla.
– ¿Y qué hacemos si está viva?
– Si está viva llamamos a un mayor para que llame al 112 y venga una ambulancia y la policía.
– ¿Y los bomberos?
– Los bomberos no hacen falta, no hay fuego.

La pequeña volvió a mirar entre las hojas y muy despacio acercó los deditos hasta tocar el pie. Lo empujó un poco, la pierna se movió y al soltarla, volvió a su posición.

– Tiene pinta de muerta –confirmó.
– Toda la pinta –corroboró la mayor.
– Entonces… ¿hacemos la autopsia?
– Claro, hay que saber qué ha pasado –con tono afectado se dirigió al cadáver semioculto entre los arbustos y le habló-. ¿Qué te han hecho, preciosa? –se dirigió de nuevo a la pequeña- Hay que hacer esto para que el cuerpo te cuente su historia.

La pequeña la miraba boquiabierta.

– ¿Dónde lo has aprendido?
– En CSI, lo hacen todo el tiempo. Es muy fácil. Vamos -. Y levantándose cogió a la niña de la mano y se incorporó para rodear el arbusto que las separaba del cuerpo.

En un pequeño claro, oculto desde los paseos del parque, la mujer yacía boca arriba. Lo que había llamado la atención de la niña era un zapato de charol rojo fuego. El otro pie estaba descalzo. La mujer llevaba un vestido muy corto, blanco, sucio y arrugado. Un bolso también rojo descansaba abierto en el suelo junto a su mano derecha. Tenía los ojos cerrados y la boca semiabierta. Las niñas se acercaron sin dejar de mirarla.

– ¿Seguro que no respira? –preguntó la pequeña.

La mayor se agachó junto a la cabeza de la mujer y acercó la oreja a su boca. Roncaba un poco. Menudo fastidio.

– No respira –le dijo a la pequeña-. Podemos empezar.
– ¿Y qué hay que hacer?
– Lo primero, examinar la ropa y ver si hay restos.
– ¿Restos?
– Sí, migas o bichos o pelos… esas cosas.

Juntaron las cabezas para examinar el cadáver y miraron fijamente la ropa.

– Yo no veo nada… -dijo la pequeña.
– Yo tampoco, habrán ocultado las pruebas. Vamos a abrirla.
– ¿Abrirla?
– Sí, con un cuchillo se le abre la tripa para ver qué ha comido.
– ¿Y por qué queremos saber qué ha comido?
– Por si la han envenenado.
– No tenemos cuchillo –razonó la pequeña.

La mayor levantó la vista y miró a su alrededor.

– En el bar. Podemos coger uno de la mesa. Tú entretienes a los padres y yo me lo llevo.

***********************

Sentados frente al televisor los padres comentan la noticia que ha conmocionado al barrio. Una prostituta ha aparecido muerta y horriblemente mutilada en el parque donde suelen ir a jugar con sus hijas. Horrorizados recuerdan que ese mismo día estuvieron allí, tomando unas cañas mientras las primas jugaban a la pelota. Las niñas juegan y ríen en el pasillo. La mayor se levanta del suelo y se acerca curiosa.

– ¿Tía, qué ha pasado?
– Nada, hija, nada. Anda, ve a jugar, que esto no es para niños.
– ¿Y para niñas?

– Tampoco.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Últimas lecturas



El caso de la chica vacilante
Erle Stanley Gardner 6/10
Nunca había leído una de Perry Mason y creo que ya he tenido suficiente. Me ha resultado demasiado artificioso, superado por todo lo que se ha visto en televisión y cine y por todo lo que se ha escrito después.

La muerte de Amalia Sacerdote
Andrea Camilleri 10/10
La verdad no siempre es lo que parece y descubrirlo no siempre es fácil. En esta ocasión Camilleri nos introduce en la redacción de noticias de una televisión oficial y desde allí asistimos a todo un encaje de mentiras, verdades, intrigas y crímenes. Fantástica, como siempre.
Yo maté a Kennedy
Manuel Vázquez Montalbán 7/10
Desconcertante. Lo primero que pensé al empezar a leer fue "este hombre leyó a Vian antes de escribir esta historia". Me ha recordado a esas historias extrañas, sangrientas, surrealistas y críticas de Vian, aunque reconozco que no me ha encantado. Probaré con otros títulos.


El guardabarrera
Andrea Camilleri 10/10
Maravilloso. Este, como "El beso de la sirena", me ha acariciado. Precioso.


El museo de la inocencia
Orhan Pamuk 10/10
Esta es en mi opinión una obra única que, como creadora, me produce una envidia terrible. Orhan Pamuk ha creado una historia, la ha escrito y además, ha creado el museo en que se recogen los recuerdos del protagonista. Lo falso convertido en real, la imaginación que se vuelve algo tangible, dos fantasías que al tocarse se convierten en realidad. Me parece genial, si alguna vez visito Estambul me pasaré por el museo.


Lo real
Belen Gopegui 8/10
¿Qué es exactamente la libertad? Creemos que somos libres, que decidimos o elegimos, queremos creerlo. Y sin embargo, hay algo que nos obliga a todos, quizá algo diferente para cada uno, pero siempre algo que nos ata o nos sujeta. Esto sólo es el inicio de las reflexiones que me ha provocado esta historia en la que los asalariados, las rentas medias, actúan como coro crítico y opinan de vez en cuando provocando en el lector la impresión de estar leyendo en medio de la calle con cientos de miles de personas asomadas por encima de su hombro.

jueves, 15 de agosto de 2013

Dentro, fuera. Estoy.

© Mayte Sánchez Sempere, 2013

Así estoy ahora mismo, dentro y fuera, sumergida y al sol, pero siempre con el azul de fondo. Los proyectos siguen en marcha, voy terminando cosas y planeando otras nuevas. Siempre en movimiento, dentro, fuera, cogiendo fuerzas del fondo, dejándome mimar por la luz. Dentro, fuera. Estoy.

lunes, 29 de julio de 2013

Bodegón de verano


© Mayte Sánchez Sempere, 2013

A pesar del calor, enciendo el horno y veo subir y dorarse la masa. Es una de esas cosas mágicas que nunca dejan de sorprenderme. La masa blanda, elástica, pegajosa, se convierte en un dulce con la corteza crujiente y el interior esponjoso. Un milagro delicioso.

jueves, 25 de julio de 2013

Últimas lecturas



Los caballos azules
R.Menéndez Salmón 8/10
Este relato (muy bien escrito, por cierto), tiene mucho más por fuera que por dentro. Cuando digo "por fuera" me refiero a lo que pone el lector, a lo que se ve obligado a imaginar, reflexionar, pensar. El relato es, diría yo, como esos edredones que vienen en una bolsa al vacío: en el momento en que abres el envoltorio, se expande hasta ocupar media casa. Cualquier buen relato debería ser así, pero no todos lo consiguen. Este sí, a pesar de ser un relato de premio o precisamente por eso, nunca se sabe...

Fiebre
Josefina Aldecoa 10/10
Una deliciosa colección de relatos llenos de vida y contados con verdadera maestría. Cuando aprenda a escribir, quiero poder hacerlo tan bien como ella.


La búsqueda del tesoro
Andrea Camilleri 9/10
Como siempre, el comisario Montalbano me atrapa desde la primera página. Poco más que decir, tan bueno como siempre.


Asesinato en el margen
Marshall Jevons 6/10
Una construcción clasica para una historia que tiene su gracia por la originalidad del protagonista, el profesor Spearman, que aplica la economía incluso a los asesinatos. Por lo demás, lujo, paisajes exóticos, personajes un tanto rígidos... en definitiva, he pasado un rato agradable leyéndolo, poco más.
La campana de cristal
Sylvia Plath 8/10
Impresionante relato en que la locura parece normal y rutinaria. Después de leer esta obra me planteo hasta que punto existe la cordura y en que punto el hilo se rompe y la locura se adueña de uno. Desde el punto de vista de quien se escapa de la normalidad, lo extraño está fuera, no dentro.
Me ha dado para mucho pensar, y eso siempre es bueno. Y saber que la autora se suicidó poco después de escribir esta historia con tintes autobiográficos me ha producido un escalofrío y la extraña sensación de estar metiéndome en un lugar privado al que no sé si debía haber estado invitada.

sábado, 20 de julio de 2013

Un gato equivocado


Con un gato
enroscado entre las vértebras,
un gato equivocado y casi negro,
ensayo verticales imposibles
sobre una sola pierna.

Cara, tal vez, de acróbata ambulante,
oculto el miedo al suelo
que amenaza
con un contacto violento y poco
deseado. La pértiga reposa.

Volar
sería un remedio equivalente
a salir por la noche
sin sueño en las pestañas:
un triunfo pequeño cuando todo
es demasiado grande
para unos pies que acarician
el filo o lo plano o lo infinito.

Desde su hueco extraño en mi columna
el gato crece y devora el universo
y aún es pequeño
y todavía araña
y maúlla asustado y se equivoca.

sábado, 13 de julio de 2013

Maternidad

Maternidad. Baltasar Lobo. Zamora.
© Mayte Sánchez Sempere, 2013

Las maternidades de Baltasar Lobo están llenas de ternura y alegría, esa sensación que, hasta que las he visto de cerca, pensaba que sólo una madre puede comprender. Zamora tiene la suerte de contar con la mayor parte de la obra de Baltasar Lobo: arte, belleza, ternura... una suerte que el Ayuntamiento, la Fundación Baltasar Lobo, las autoridades en general, parecen no apreciar. Volverán a trasladar el museo, volverán a dejar almacenadas obras porque no caben, seguirán cubriendo el expediente y maltratando la obra y la memoria de un gran escultor.

Por mi parte, me traigo a casa algunas imágenes y una incondicional admiración por la obra de este artista que me ha tocado todas las fibras.

Maternidad. Baltasar Lobo, 1949. Museo Baltasar Lobo, Zamora
Apunte a lápiz © Mayte Sánchez Sempere, 2013

jueves, 11 de julio de 2013

Últimas lecturas



Una chabola en Bilbao
José Luis Martín Vigil 9/10
Una historia llena de contradicciones, reflexiones, miseria y dolor. De plena actualidad, como siempre lo están el sufrimiento humano y la hipocresía de la sociedad, ya sea por motivos religiosos o ideológicos.

El guardián invisible
Dolores Redondo 7/10
Crímenes, historias ocultas, magia y mitología... quizá un poco repetitivo a veces pero interesante y entretenido. Habrá que esperar al resto de la trilogía para saber si los flecos tienen nudo al final.

Lecturas no obligatorias
Wislawa Szymborska 9/10
Una colección de reflexiones sobre diversos títulos de temática variada. Sumamente interesante.

sábado, 29 de junio de 2013

Últimas lecturas



Las lágrimas de Shiva
César Mallorquí 8/10
Una juvenil, con misterio, historia, amor y todas esas cosas que refrescan la mente, tanto la de los más jóvenes como la de los que ya empezamos a no serlo.




Carta Blanca
Lorenzo Silva 9/10
La guerra convierte al hombre en algo peor que un animal, porque es hombre y piensa, tiene sus motivos y sus razones para la violencia. Una historia que arranca en Marruecos, en plena guerra y nos lleva a conocer a un hombre.



La excursión a Tindari
Andrea Camilleri 9/10
Otra de Montalbano, empiezo a sospechar que me estoy volviendo adicta. Como siempre, muy buen rato de lectura.



La soledad de los números primos
Paolo Giordano 7/10
Dos historias que se cruzan, se anudan, se separan y transcurren paralelas. Dos personas diferentes que sobrenadan la normalidad como pueden. Una historia hermosa y rara, tierna y cruda.