domingo, 27 de mayo de 2012

Últimas lecturas

Escupiré sobre vuestra tumba
Boris Vian 7/10
Una historia tremenda que produce escalofríos al tiempo que invita a la reflexión. No es lo que más me ha gustado de Vian, pero tiene su aquel...
El Aleph
Jorge Luis Borges 9/10
Relatos imprescindibles con mucho fondo.
Hijos de nuestro barrio
Naguib Mahfuz 9/10
Una interesante y amena metáfora sobre las grandes religiones, sobre las sociedades, sobre el hombre y su historia. Magnífico, muy recomendable.

jueves, 24 de mayo de 2012

Dos espigas y una rama de olivo

- Sadira –decía Fareeda-, la caja está casi llena – y le enseñaba la lata de cigarrillos Dimitrino, prácticamente llena de monedas.

- Sadira –decía Fareeda -, estos son tus ahorros, para cuando te cases – y acariciaba, orgullosa, las monedas de 25 Kuruş [1].

- Sadira –decía Fareeda -, mi madre hizo lo mismo; desde siempre en nuestra familia se ha hecho así – y hacía tintinear las monedas dentro de la lata.

Sadira entra en el pequeño apartamento de Spremberger Strasse [2] que comparte con Firuze. Huele a café y a canela. Deja sobre la mesa de la cocina la bolsa llena de verduras que ha subido del mercado y empieza a vaciarla, acariciando cada pieza. Los pimientos y las berenjenas brillan.

- ¿Has comprado pescado? – pregunta Firuze desde su habitación.
- Sí… y pan.

Sadira se afana en la cocina recogiendo la compra. El pescado brilla. Firuze, a contraluz, pregunta desde la sala pintada de azul intenso:

- ¿Hace falta leche?
- No, creo que queda bastante.
- ¿Qué vas a hacer esta tarde?
- Iré al museo…
- ¿Otra vez?
- Sí.

Firuze se despide y baja las escaleras. Sadira se queda sola. En el armario de su habitación la lata llena de Kuruş inservibles aún guarda el olor a rosas de su madre. Sadira acaricia las monedas de Fareeda: dos espigas, una rama de olivo. El relieve le llena los dedos.

En el museo, Sadira mira otra vez a través del cristal de la vitrina. Monedas persas. Los ahorros de alguna antigua Fadeera, fusionados con forma de vasija, descansan ahí dentro.

- Sadira –decía Fareeda -, mi madre hizo lo mismo; desde siempre en nuestra familia se ha hecho así.

Los ahorros para una boda, enterrados bajo un olivo o en un campo de trigo, perdidos durante siglos. Monedas persas. Tan inútiles como sus Kuruş.

- Madre… Soy un árbol sin raíces [3], como la rama de olivo, como las espigas de tus Kuruş. Madre ¿dónde están mis raíces?

Sadira es alemana y no se siente alemana. Es turca y no se sabe turca. Sadira es griega, por su bisabuela y búlgara por su abuelo. Sadira es un árbol sin raíces. Sólo las monedas la unen al pasado, los Kuruş de su madre, las monedas del museo. El relieve del metal ya sólo sirve para unir las yemas de sus dedos con las de su madre. Un puñado de círculos de acero extrañamente cálidos le traen del pasado las caricias de Fareeda. Mira las monedas de la vitrina. En su relieve, el tacto de alguna antigua Sadira añorando a su madre muerta.

- Soy persa – le dice a Firuze -, las dos somos persas.
- No – contesta Firuze –, somos turcas.
- Tu nombre es turco [4], tus padres son turcos, nuestra comida, nuestro café, son turcos. Pero eres tan persa como yo.
- No deberías ir tanto al museo…
- Firuze, somos persas. Bajo los pies, siempre, una tierra demasiado pequeña y un camino interminable por delante. ¿No te das cuenta? Tenemos el lapislázuli y la canela: somos persas, porque no podemos ser otra cosa.


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[1] Kuruş: moneda fraccionaria turca.
[2] Calle berlinesa del distrito de Kreuzberg, conocido como “pequeño Estambul” por el número de turcos que viven en él.
[3] El nombre Sadira  hace referencia al azofaifo.
[4] Firuze significa “turquesa”.

sábado, 19 de mayo de 2012

Cosas que se cuelan en la maleta

Volvemos de Berlín con los ojos llenos y los dedos llenos y agujetas en las muñecas. Volvemos con kilómetros de palabras y toneladas de sabores. Volvemos con una cadena de bicicleta enganchada al tobillo y pintadas en la nuca y detrás de las orejas y un tatuaje de tranvía. Volvemos con las uñas sucias de hormigón y macetas de flores alrededor del cuello. Volvemos y en la maleta se nos han colado algunas cosas que no quisieron dejarnos ir...


lunes, 7 de mayo de 2012

En el puerto

El tacto frío del noray le entumece las yemas de los dedos. Sentada sobre el hierro le da la espalda al sol que apenas asoma por el horizonte. Las casas de lo alto de la colina empiezan a brillar, doradas. La cúpula azul de la iglesia reluce de pronto. Filo mira el mar frente a ella, aún en penumbra; agua quieta por encerrada, agua turbia, por encerrada. El aceite tornasolado sobrenada la superficie casi negra. Huele a salitre.

Entre los dientes sujeta una hebra de hilo blanco. La distancia.

Las gaviotas ríen, cada vez más cerca. A su espalda, el mar golpea la barra del puerto. La espuma vuela sobre el muro de hormigón y el océano pulverizado brilla a la luz del sol. El pelo de Filo se cubre de minúsculas gotas.

Poco a poco aumenta el sonido de los motores y empieza a olerse el gasoil. Los barcos vuelven con el sol, como cada día. Amarran y descargan, y el muelle se llena de brillos plateados y risas de gaviota, de hombres cansados y redes empapadas. El olor del pescado fresco se mezcla con la podredumbre y el salitre. Voces, carcajadas, hambre.

Entre los dientes de Salva, una hebra de hilo blanco. La distancia.

Filo carga tres cajas, una sobre otra. Las coloca sobre su carrito y se seca las manos en el delantal:

- ¡Salva! – llama – Voy para la casa. ¿Vienes?
- Ahora voy, Filo, tengo que pasar por la cofradía.

Filo empuja el carrito de dos ruedas. El pescado refleja la luz del sol. Va a ser un día caluroso. Filo se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano y la detiene justo ante sus ojos. El anillo refleja la luz del sol.

Al caer la tarde vuelven juntos al puerto, el pelo mojado, la piel limpia y olor a colonia. El agua y el jabón se han llevado los otros olores: el pescado, el sudor, el sexo. La recia mano de Salva aprieta la de Filo. Palma áspera contra palma áspera. El barco le aguarda, escamas secas pegadas a la cubierta, salitre y espinas.

Una libélula se para sobre las redes, amarillo sobre verde, sobre azul, sobre hormigón gris caliente. El gato se despereza a la sombra, estira las patas y les mira. Espera. Les mira. De sus manos caerán peces resecos que han pasado el día perdidos en el oscuro vientre del barco. El mar es azul y naranja. Cuando el sol se esconde, cambia el sentido de la brisa y el barco se inunda de olor a palmera y jazmín, hinojo y romero. El pelo de Filo baila, los ojos de Salva sonríen, sus dedos se buscan.

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo 

Medianoche, olor a gasoil. Filo y Salva se miran. Entre los dientes sujetan una hebra de hilo blanco que se parte cuando se separan. La distancia.

martes, 1 de mayo de 2012

Últimas lecturas

La nieta de la maharaní
Maha Akhtar 3/10
Una lástima. Una historia que, bien escrita, podría dar mucho juego. Al estilo "literario" helador procedente de la experiencia periodística de la autora se suman los innumerables errores de traducción, ortográficos y tipográficos de la edición, lo que hace la lectura, que podría llegar a ser amena, un camino lleno de piedras y cardos. Además, la autora logra caer fatal, presumiendo tanto de sus virtudes y dándose tanto jabón que a veces el libro se resbala entre las manos. Una novela absolutamente prescindible, aunque si alguien la quiere, le regalo la mia: que no se gaste el dinero.
Mal de escuela
Daniel Pennac 9/10
Podría titularse "memorias y consejos de un zoquete". Pennac recuerda sus tiempos de mal estudiante y analiza cómo algunos profesores lograron "salvarle". También narra su experiencia como profesor. A cualquier educador, sea profesor o padre, le gustará esta lectura.
Lo que el día debe a la noche
Yasmina Khadra 9/10
Yasmina Khadra es el seudónimo de Mohammed Moulessehoul, autor argelino que escribe contra la injusticia en Argelia. Esta novela, escrita con una enorme sensibilidad, relata la vida de un hombre desde su infancia en el campo argelino de los años 30 del siglo XX y pasa por los cambios sufridos en el país a lo largo