domingo, 2 de diciembre de 2012

Poema

De los caminos vacantes
el verso
se adentra cómodo en los más pintorescos
caminos puta alegre
caminos borrachera
caminos libertad para los gatos

quedan sin retratar
esposas de cuneta,
analgésicos para llevar el día,
viejas peluca con las cejas pintadas
y nostalgias de Cuba
en un barrio de nadie

y el verso se desliza
debajo de las muelas
semilla entre el escombro
suburbial y maldito
donde no hay ateneos ni vanguardias ni luces
y grita "soy de ellos".

En el parque,
paseando entre los perros,
el verso muerde la pierna de un anciano
"Te amo ahora
como te quise siempre"
(lápiz gastado sobre hoja de cuadros).

El poeta centrípeto despierta
con el verso pegado a las pestañas
y se lava la cara y se sube a la silla
y declama
"escuchadme
yo soy la poesía".

Una chica gitana sacude la melena
y el verso abandona la boca del poeta
para enredarse
ciego
en la ropa tendida.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Últimas lecturas



Ver Delfos y morir
Lindsey Davis 8/10
Como siempre, el detective Marco Didio Falco me hace pasar un rato divertido manteniendo el misterio hasta el final. Esta serie de novelas de Lindsey Davis es de lo más recomendable: crímenes, misterio, humor e historia, todo bien hilado y construido. La única pega que le encuentro es la traducción, tirando a regular.



Todo fluye
Vasili Grossman 9/10
Terrible e impresionante. Después de 30 años en prisión, Iván vuelve a una libertad que no es tal, a un país que ya no es el suyo, a una familia y unos amigos que tampoco son ni la sombra de lo que fueron. Traición, silencio, miedo... Una novela magnífica que es mucho más que una novela.


La ofensa
Ricardo Menéndez Salmón 9/10
El horror de la guerra lleva a Kurt a un lugar desierto dentro de sí mismo. El ser humano frente al  Mal, con mayúsculas.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Un jardín de dos por cuatro

Acabo de comprarme una compostadora. Por internet. No sé para qué sirve. Ciento cuarenta euros con noventa y cinco, seiscientos litros de capacidad y no sé para qué sirve. Además es fea como un demonio y ocupa demasiado espacio en el jardín trasero del chalet. Pero todo el mundo en la urbanización tiene compostadora y a mí no me gusta llamar la atención. Por eso acabo de comprarme una compostadora.

Hace unos días le pregunté a mi vecina Manuela qué hacía ella con las hojas secas del jardín y me dijo:

 - Mujer, pues lo que todo el mundo, echarlas a la compostadora.

De acuerdo, tengo una vaga idea de para qué puede servir la dichosa caja de plástico verde gigantesca que ocupa medio jardín, pero es demasiado vaga y en mi jardín jamás habrá seiscientos litros de hojas secas porque mi jardín mide cuatro por dos y tiene un solo árbol.

Miro la compostadora. Creo que ella también me mira. Estamos condenadas a entendernos. Recojo las seis hojas del césped y las echo dentro. Oigo la puerta de casa de Manuela. Corro a la entrada, cojo a toda prisa la bolsa de la compra, el monedero y las llaves y salgo a la calle.

 - Manuela, qué casualidad…

 - Hola Rosario.

Caminamos juntas hacia la única tienda de la urbanización. Cada cuatro metros el muro de ladrillo se abre a una puerta verde con cerradura de seguridad. Junto a cada puerta, un buzón blanco y un farol.

 - Me he comprado una compostadora.

 - Qué bien, ya verás como el huerto te lo agradece.

¿El huerto? ¿Qué huerto?

 - Claro, el huerto – contesto.

 - ¿Qué has plantado?

 - Aún lo estoy pensando…

 - Yo acabo de poner habas. Me alegra que te hayas decidido, es superecológico y superrelajante, ya verás. El contacto con la tierra me encanta. Es lo bueno de tener jardín.

De vuelta a casa salgo de nuevo al jardín. En una esquina está el árbol. En la otra, la compostadora. Entre ambos quedan un par de metros que podría aprovechar para poner el huerto. Tengo hojas secas y una compostadora, tengo un pequeño espacio para un huerto, solo me faltan las semillas y enterarme de cómo la compostadora puede ayudar el huerto.

Por la tarde ya he encargado semillas de habas por internet. Manuela vuelve a casa, acabo de oírla aparcar en la calle. Salgo corriendo para coincidir con ella en la puerta delantera.

 - Vaya, coincidimos otra vez – digo.

 - Eso parece – contesta arrugando la nariz.

 - Oye, quería comentarte… me he decidido también por las habas. Tú ¿cuántas has plantado?

 - Dos líneas.

Líneas. No sé qué son líneas.

 - Ya.

 - Es que las alcachofas ocupan mucho y tardan en salir, así que no me queda mucho más espacio.

 - Claro, las alcachofas…

Vuelvo a mi jardín. Miro la compostadora, el árbol, el recuadro de césped reseco. Cuatro metros por dos.

Cuando Javier vuelve del trabajo estoy deprimida, muy deprimida.

 - Cariño, recuérdame por qué vinimos a vivir aquí.

 - Mujer, por los niños…

 - No tenemos niños.

 - Pero los tendremos ¿no?

 - ¿Cuándo?

 - Pues cuando acabemos de pagar la hipoteca, claro.

 - Te recuerdo, cariño, que para eso faltan treinta y dos años… 

 - Mujer, seguro que podemos ir amortizando cuando me suban el sueldo y entonces podremos…

 - ¿Podremos?

 - Pero ¿qué te pasa hoy?

 - Que he comprado una compostadora.

 - ¿Una compostadora? ¿Qué es eso?

 - Lo mismo que la barbacoa pero más grande. Algo que aquí tiene todo el mundo y te lo restriegan por las narices y te dicen que es “genial” para las habas y “superecológico” y ocupa la mitad de ese pedazo ridículo de tierra que llamamos jardín.

martes, 13 de noviembre de 2012

Últimas lecturas


Todos los muertos tienen la misma piel
Boris Vian 8/10
De nuevo una historia llena de violencia y espanto. Muy bien contada aunque en mi modesta opinión, regularmente traducida.

El ruido y la furia
William Faulkner 9/10
Terrible, impresionante, intensa... me encanta la forma de contar de Faulkner. Es cierto que no resulta sencilla de leer, pero esta edición de Cátedra cuenta con un prólogo que ilumina el camino.


El hombre que fue Jueves
G.K.Chesterton 9/10
El bien y el mal, un completo absurdo y mucho material para pensar. Muy, muy recomendable.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Mujeres Viajeras - Entrega de Premios IV Edición



Como sabéis, he sido finalista en el IV Concurso Internacional de Relatos de Mujeres Viajeras. En este montaje podéis haceros una idea de lo que fue la entrega de premios en la librería De Viaje. Todo un placer estar allí. Gracias a Pilar Tejera y a todos los que hacen posible la magia de compartir literatura y viajes, dos de mis cosas favoritas.

domingo, 28 de octubre de 2012

Últimas lecturas

La escala de los mapas
Belén Gopegui 9/10
Vuelvo a otra historia en la que el protagonista me pone muy nerviosa. Podría decirse que es una historia de amor o de cobardía, de alguien incapáz de encontrar su lugar en el mundo. Maravillosamente escrito con un lenguaje poético que aún así define y explica con total precisión.
Aves migratorias
Marianne Fredriksson 8/10
La relación de amistad de dos mujeres en Suecia, una de ellas chilena, nos adentra en el horror, el amor, las diferencias sociales, la inmigración y el exilio. Una historia muy bien relatada.

IV Certamen Internacional Relatos de Mujeres Viajeras
VVAA 8/10
No es solo porque entre los relatos finalistas esté el mio, "Algarve, desde mi punto intermedio", es que son relatos que nos transportan en el espacio y en la vida.

sábado, 20 de octubre de 2012

Bulgaria, imágenes de un sueño

Últimas lecturas


Helena o Nadie
Rhea Galanaki 6/10
Basada en la vida de la pintora Helena Altamura, esposa y madre de pintores, la novela nos narra la historia de una mujer griega de mediados del siglo XIX. Mar y pintura con altibajos en la narración e incluso momentos aburridos, aún así resulta interesante de leer.
El tedio
Alberto Moravia 8/10
A veces agobiante, otras absurdo por demasiado corriente, el retrato del protagonista lleva a reflexionar y a observarse uno mismo, a estudiarse y preguntarse ¿seré yo así?.
Mi tio Oswald
Roald Dahl 8/10
Todo un personaje, el tío Oswald.

domingo, 14 de octubre de 2012

Art Nouveau

Siempre llueve en París. La lluvia empapa el chal negro de Marie, se condensa en sus pestañas y en la punta de la nariz helada. Marie sube despacio hacia la buhardilla con cuidado de no tropezar; los escalones de madera, gastados y desiguales crujen bajo sus pies. En las manos, una pequeña jarra de porcelana desportillada llena de chocolate.

En el estudio hay goteras y hace frío. Siempre hace frío en París. Marie busca en la mesa, manchada de pintura, un espacio vacío para dejar la jarra. Deja el chal mojado sobre el diván y los botines ruedan bajo una silla. Por la ventana entra una luz gris, triste y fría. Los tejados de Montmartre brillan empapados, los colores se disuelven en la lluvia otoñal y Marie, sin darse cuenta, se muerde el labio inferior.

Mediocre”, murmura. Conscientemente, como en un acto de reafirmación, da la espalda al París del otro lado de la ventana. Los lienzos pintados se acumulan apoyados contra las paredes del estudio, que huele a humedad, a pintura y a verdura hervida. Sobre el caballete una tela blanca, como un altar preparado para la ceremonia, domina el pequeño espacio en que Marie ha pasado los últimos años. “Mediocre”, vuelve a murmurar con los ojos fijos en el rectángulo inmaculado.

Marie se sienta frente al caballete. La silla tapizada en damasco deshilachado cruje bajo su peso. Acerca la nariz al lienzo y mira con atención una esquina donde se transparenta ligeramente una forma gris. Necesitará más pintura blanca. Con cuidado acaricia la tela. A través del relieve de las pinceladas tapadas vuelve a ver el cuadro cuidadosamente borrado: Marie desnuda, sonriente, sentada en una banqueta de madera y apoyada en una mesa sobre la que un frutero tumbado vuelca su contenido, como un cuerno de la abundancia. La postura es forzada, casi grotesca de tan retorcida. El desnudo pretendía ser erótico y delicado pero el artista no ha sido capaz de dotarlo de sensualidad. Las manzanas están demasiado cerca de sus pechos y se les parecen de una forma ridícula. Es, simplemente, un cuadro malo. Tan malo que el artista no ha podido venderlo y se lo ha regalado a Marie como pago por las horas de posado. “¡Las musas también comemos!”, le gritó Marie.

Musa y amante de un artista o de varios, según el momento. Musa, amante y artista en Montmartre, 1900, donde las buhardillas escupen cuadros y las esculturas asoman por las ventanas. Musa con hambre y frío, artista “mediocre”, como la calificó hace apenas unas horas el crítico que acudió a su estudio. Hace meses que los huesos intentan transparentarse en sus mejillas, meses en que cada moneda ha supuesto un dilema: ¿comida o pintura? Musa a la que algunos artistas han pagado con francos y otros con tubos de oleo, modelo cada vez más fría, amante a veces, a cambio de comida y algo de calor. Y artista, aunque solo ella lo crea.

Marie observa atentamente la forma gris en el cuadro y poco a poco sus pupilas adquieren el brillo de la locura y la creación. Ve algo, algo que nadie más podría ver porque es la artista la que mira. Su mano se dirige de forma automática hacia la mesa y coge un pincel con el que acaricia la tela. Las pinceladas imaginarias dibujan ante sus ojos una escena que no puede esperar. Ve a una mujer enflaquecida arrodillarse ante otra vestida de gala, una mujer semi desnuda toda huesos alargando la mano para rozar simplemente una capa de piel; una mujer reseca que abraza un capitel de mármol derribado, una artista que se muere de hambre y suplica en busca de un mecenas. En el rostro de Marie se dibujan las expresiones de las dos protagonistas del cuadro a medida que el pincel seco acaricia la superficie blanca. La imagen ya está dibujada, solo le falta el color. Con gesto desesperado sus ojos recorren la superficie de la mesa. Tubos vacíos, costras resecas de pintura, nada con que pueda fijar sobre la tela la imagen que baila entre sus dedos.

De pronto sus ojos hambrientos se detienen en la jarra de chocolate, todavía humeante en el frío del estudio. Sin pensarlo, moja el pincel en el líquido templado y extiende el pigmento marrón sobre el oleo blanco. Demasiado líquido, el chocolate escapa del trazo y se extiende en goterones que escurren hacia abajo. Marie acerca la cara al lienzo y lo lame. El sabor dulce le recuerda el hambre que tiene. Su lengua acaricia las pinceladas tapadas, borra el trazo, lo limpia. De nuevo empapa el pincel en el chocolate y mancha la tela, de nuevo su lengua borra lo que su mano dibuja. Extiende el chocolate con el pincel y con los dedos de la mano izquierda le da forma, con la lengua y los labios borra y modifica. El dibujo empieza a tomar forma, Marie pinta con los dedos, con la boca, con el hambre.

En el centro del estudio la tela descansa en marrones. Recostada en el diván, la jarra vacía entre las manos manchadas, Marie saborea su obra.

viernes, 12 de octubre de 2012

En tren


No he desaparecido ni me he escapado del blog. Lo que pasa es que me subí a un tren del que no quiero bajar y ando recorriendo mundos horizontales y verticales, cruzando valles antiguos y nuevas estaciones. Cada vez hay más vida en el tacto y la tierra, menos pasos en el aire y más letras sólidas. Cada vez el reloj es más pequeño y los mapas más grandes. Me adormezco en el tren solo cuando se para un rato. Pinto con la mano derecha lo que acaricio con la izquierda y me bebo el mar en que nado. Así, ¿quién tiene tiempo para mundos virtuales?

Fotografía de Ilkhi Carranza en el trayecto Sofia - Blagoevgrad.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Bodegón mixto - Colores de otoño


En primer plano, gorro recién terminado para Luis. Lo de debajo soy yo y como se ve no he aprovechado mucho el sol del verano. Al fondo, acuarela de Ilkhi Carranza.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Te sientas y pintas

A la sombra en la garganta de Aladros y mientras los niños se bañan, me siento y pinto con agua del río el puente romano, las piedras, los pinos... y se me quedan en los pinceles el olor y el sonido, las risas, los peces, la brisa. Pinto con acuarelas un pedacito de verano.

Últimas lecturas


El perro de terracota
Andrea Camilleri 8/10
Divertido, ameno, intrigante y bueno. Eso es lo que tiene Camilleri, se lee sin sentir y proporciona ratos sumamente agradables. Me encanta el comisario Montalbano y su peculiar forma de ser.
Los juegos del hambre (trilogía)
Suzanne Collins 5/10
Entretenida lectura juvenil, sin mayores complicaciones. Está bien para pasar el rato, aunque la edición esté plagadita de errores... sería bueno corregir los textos por lo menos entre la cuarta y la quinta edición.
Entre dos palacios
Naguib Mahfuz 9/10
Una familia de El Cairo a principios del siglo XX, con sus costumbres, sus afectos y defectos. Un retrato de una sociedad y una cultura que no ha desaparecido del todo. Y humanidad, mucha humanidad.

viernes, 17 de agosto de 2012

Últimas lecturas

Vida y destino
Vasili Grossman 10/10
Impresionante. Una novela magnífica que nos lleva al centro mismo del hombre y del horror, a la humanidad que mata y muere. Imposible no reflexionar leyendo estas páginas en las que la historia pierde los números y los datos desnudos y se revela tan humana que duele.
Niños feroces
Lorenzo Silva 10/10
No tengo problema en reconocerlo: Lorenzo Silva es una de mis grandes debilidades. Me encanta su forma de contar, la hondura de su relato, la solidez de sus personajes. "Niños feroces" nos acerca a eso que preferimos no mirar ni plantearnos, eso sobre lo que tenemos ya una idea "clara" que preferiríamos no tener que cuestionar. Magnífica novela que deja la conciencia un poco menos tranquila.

domingo, 12 de agosto de 2012

No todos tienen pancarta

La boca grande dice
________Derechos, para todos
y la pequeña añade
________los mios los primeros.

La boca grande clama
________Comida para todos
y la pequeña dice
________la mía, de tres platos.

La boca grande grita
________Despojen a los ricos,
________repartan sus fortunas
,
la pequeña, segura, calcula el beneficio.

El mapa se despliega y un millón de bocas
resecas
desdentadas
hambrientas y sin fuerzas
suplican sin pancartas a la muerte
que no venga a buscarlas.

________Alguien
dice la boca grande
________debería hacer algo urgentemente.

domingo, 5 de agosto de 2012

Soldados desconocidos ¿convicciones conocidas?


Morir por las ideas, morir y matar por las convicciones... ¿Qué convicciones, qué ideas son tan justas como para matar por ellas? Escalofrío.

jueves, 2 de agosto de 2012

Junto a la Penélope de Bourdelle

- ¿Y dónde dices que está? – preguntó ella mirando el mapa.

- Muy cerca… mira, cruzamos el puente y a la izquierda… 37 Rue Bûcherie, eso es. ¿La ves en el plano?

- Vale. ¿Entramos aquí antes?

- ¿En Notre Dame? ¿Para qué? Es una iglesia… – el gesto despectivo en la cara del joven no dejaba lugar a dudas. Parecía que había pisado una mierda.

- Hombre, una “iglesia” es, pero no cualquier iglesia. Y además, sí quisiste que entráramos en Sacré-Coeur…

- No tiene nada que ver. Ya has hecho la foto ¿no? Pues ya está. Hemos venido, la hemos visto por fuera, a correr. No pienso pagar ni hacer cola para ver esta iglesia.

- Vale, vale… pero ya me dirás qué quieres ver, porque el Louvre te pareció un timo y un ¿cómo lo llamaste?… abrevadero de ganado. “Tienen sed de cultura pero beben en cualquier sitio”, dijiste.

- Pensé que estabas de acuerdo…

- No. Te dije “El Louvre no es cualquier sitio” y entonces te enrollaste con la ceguera del turista, el museo como destino obligado si no quieres pasar por paleto, la Gioconda asediada y sobrevalorada… ¿sigo?

- Vale, vale… pero es que pensé que estabas de acuerdo.

- Pues no, pero no me diste opción. Me llevaste a rastras a ver una docena de cuadros, como mucho, y se acabó. Y prefiero no hablar de la torre Eiffel…

- ¿Querías subir?

- Hombre, no me voy a morir por no hacerlo, pero llevamos dos días en París y no hemos hecho más que andar, mirar escaparates, beber coñac, comer sopa de cebolla, tropezar con la gente que pasea junto al Sena y hacer fotos a todo el que lleva boina o va en bicicleta…

- Cariño, no somos turistas, somos escritores – y la miró con un aire de superioridad que daba risa.

- Ya, escritores… pues los escritores no solo disfrutan de los cafés de Montmartre, también entran en los museos y se mezclan con la gente, no se limitan a fotografiarla. ¿Sobre qué piensas escribir, sobre la gente con boina de París? – preguntó ella enfadada.

- La vida real es fea, deberías saberlo.

- Las boinas no son feas y en la vida real también están La Victoria de Samotracia, que no me dejaste ver, Notre Dame, la torre Eiffel y las parejas que se besan en los puentes de París, aunque a ti no te guste.

- Eso son gilipolleces. La gente se deja llevar y hace lo que se supone que hay que hacer. Nosotros no somos así, nosotros nos rebelamos y mostramos al mundo lo que hay detrás de esa “belleza” de postal.

- Habla por ti. Si quieres esperarme, bien. Yo entro.

Él se quedó parado mirando como la delgada espalda de ella se alejaba, tensa, enfadada, en dirección a la entrada de la catedral. Se sentó en un banco a esperar y sacó de la mochila un libro. Abrió por la página marcada, hacia el final del libro y fijó su mirada en un párrafo subrayado con lápiz azul. “Atravesando en una fresca mañana el Puente de Austerlitz, dejando atrás el Zoológico del Quai St. Bernard, donde un antílope permanecía en medio del rocío matinal, pasando luego ante la Sorbona, tuve mi primera visión de Notre Dame, extraña como un sueño perdido.” Levantó los ojos hacia la catedral.

- Extraña como un sueño perdido, eso es.

Ella salió sonriente. No había tardado demasiado.

- Había misa, no se podía visitar, pero he visto un poco desde la entrada. Es preciosa.

- Extraña como un sueño perdido – dijo él, con tono afectado.

- Vaya, te ha venido a ver la musa – sonrío ella.

Él guardó el libro en la mochila y se puso en pié.

- Vamos.

- Oye, después de la librería podíamos ir al museo Bourdelle…

- Bueno, es posible.

- ¿Cómo que “es posible”? Me tienes harta. ¿Sabes quién fue Bourdelle, conoces su obra?

- No, la verdad. No será muy importante…

- ¡Oh, Dios! No soporto tu arrogancia. ¡Sí es importante! Para mi lo es y voy a ir al museo contigo o sin ti.

- Pero cariño, no te pongas así. Reconoce que ese “Burloquesea”…

- ¡Bourdelle!

- Lo que sea… reconoce que no es conocido. Nadie viene a París a ver su museo.

- Te juro que no te entiendo. ¿No dices que no quieres hacer lo que hacen todos? Pues esto no lo hacen todos, no está en el “circuito oficial”. Y además, yo quiero verlo y con eso debería bastar.

- Vale, vale, no quiero discutir. Pero primero, vamos a la librería.

Cruzaron el Petit Pont y enseguida llegaron a “Shakespeare and Company”. Entonces, a la vista del brillante cartel amarillo y el escaparate de madera pintada de verde cuajado de libros a él le cambió la cara.

- ¡Mira! Ahí está, tal como la imaginaba…

- Sí, está bien. Me gusta la fuente…

- ¡La fuente! No sabes lo que estás viendo ¿verdad?

- Voy a arriesgarme… ¿una librería? – contestó ella con un fingido aire inocente.

- ¡Bah, no merece la pena! Estás de mala leche, se nota. Pero no me vas a amargar el momento más importante del viaje.

- ¿Esta librería es el momento más importante del viaje?

- Somos escritores, para ti debería serlo también. Este es el templo de los jóvenes escritores en París, por aquí pasaron Ginsberg, Hemingway, Joyce y Kerouac.

- ¡Acabáramos! Kerouac… ya lo entiendo.

- ¡Pues sí, Kerouac! – y le brillaban los ojos. Sacó de la mochila el libro subrayado, “El viajero solitario”, de Jack Kerouac y levantándolo sobre su cabeza continuó entusiasmado – Kerouac pasó por aquí, recitó aquí sus poemas. Estas paredes están llenas de él, estas paredes…

Ella miraba el libro, comprendiendo por fin.

© 2009 Mayte Sánchez Sempere
Estudio para Penélope. Antoine Bourdelle 1907
Versión en miniatura (60 cm)
- Perdona, cariño – le interrumpió -. Si no te importa, le cuentas eso a otra. Yo me voy al museo Bourdelle y luego ya veré que hago.

- Pero cielo, no puedes irte… – dijo él, incrédulo y dolido.

- Puedo. Y tú puedes continuar tu viaje con él – y señaló el libro -. Es lo que hemos hecho hasta ahora ¿verdad? “Huimos de las masas”, decías, “inventamos nuestro camino”. ¡Y una mierda! Hemos estado siguiendo sus pasos por París ¿a que sí? ¿Vino él también desde Avignon en tren? No contestes, me jugaría el cuello y seguro que no lo perdería. ¡Se acabó! No voy a ir a Londres contigo, con vosotros.

- Pero cariño, no es… no… bueno, sí, es verdad que… pero yo…

- ¡Por favor! No hace falta que digas nada, está clarísimo. “Cariño, si quieres ir a París, iremos a París. Por ti, lo que sea”. ¡Una mierda!

El joven poeta entró en “Shakespeare and Company” mientras su espalda, delgada, tensa, enfadada, desaparecía por la rue Saint-Jacques, camino al museo Bourdelle donde una gigantesca Penélope la acompañaría en la espera.







miércoles, 1 de agosto de 2012

Océanos

© 2012 Mayte Sánchez Sempere

Sube el nivel del mar

en mis rodillas
espirales inversas de sumidero

la gota en que navega la primera palabra
de una mujer
antigua
ahogada y creadora
es gota que disuelve la sal de mi epidermis

por eso el océano es salado
y el agua es memoria y reliquia
por eso el nivel de los azules
escribe sus orillas
con palabras antiguas en desorden
y huesos convertidos en espuma.

sábado, 28 de julio de 2012

Universo en expansión

- Sin puntos de referencia estables, no se puede medir el espacio. Sin un espacio medible, no se puede medir el tiempo. En un universo en continua expansión debemos buscar puntos de referencia estables para poder saber cuántos segundos transcurren desde que la estrella revienta en mil pedazos hasta que nos alcanza uno de ellos. Uno pequeño que se acerca atravesando un espacio que se dilata continuamente y hace que su carrera se alargue y la agonía de este planeta se prolongue. La esfera de mi reloj es un espacio medible, el movimiento de las manecillas nos sirve para medir los segundos, los minutos, las horas. Pocas. Muy pocas horas, dicen, le quedan a este pequeño punto sin importancia dentro de un universo en continua expansión. Fíjate bien, quizá la aguja grande no llegue a dar la vuelta completa. El reloj no se expande, es un espacio finito y estable, el tiempo se queda dentro y sólo gira. ¿Comprendes lo que te quiero decir?

Desnuda sobre la arena ella le mira sin decir palabra. En el cielo azul una luz crece. El pedazo de estrella se acerca y ella se siente estúpida. ¿Para qué echar el último polvo? ¿Qué sentido, que no sea el que le ha buscado más de un guionista de televisión poco imaginativo, qué sentido tiene terminar en pelotas gimiendo de placer mientras el mundo se desintegra? ¿Para qué recurrir a algo tan conocido? ¿No sería mejor probar algo nuevo, hacer algo cuyas consecuencias sabes que nunca vas a tener que pagar? Sea lo que sea, nadie te va a pedir cuentas mañana porque mañana, en un universo en continua expansión, los pedazos de este pequeño punto insignificante viajarán a toda velocidad en todas direcciones, provocarán cráteres en Marte y Venus, se quedarán prendidos de la órbita de Júpiter o llegarán hasta el Sol portando restos de adn de un sinnúmero de especies que el hombre aún no ha llegado a entender.

Se levanta y se mete en el agua. Él la mira extrañado.

- No tardes, casi no queda tiempo.

Ella empieza a nadar hacia el horizonte. El agua está fría. Nada hacia la luz que se acerca, alejándose del reloj, de lo sabido, de  él. Por fin, sin miedo, alejándose de él.

En un universo en continua expansión, a veces, las líneas rectas se curvan y las órbitas se modifican o, sencillamente, una mujer nada hacia el horizonte y la eternidad se instala entre sus piernas, allí dónde un hombre esperaba morir y sin embargo, no le queda más remedio que seguir buscando un punto de referencia, un espacio estable, una medida para el tiempo, ahora que ella se ha ido.

domingo, 15 de julio de 2012

Últimas lecturas

La petición. Relatos I Certamen de Relatos de Cerveza Ficción
Laura Muñoz Hermida y otros 8/10
Podría decir que el relato que más me gusta es el mio, pero quedaría un poco feo, así que me lo callo. Hay, creo, para casi todos los gustos: algunos más divertidos, otros más "negros". Una buena selección.
Todo está perdonado
Rafael Reig 6/10
Una historia que en muchos momentos pierde el ritmo en disquisiciones políticas o futbolísticas demasiado abundantes, para mi gusto.
El Cairo Nuevo
Naguib Mahfuz 9/10
Un intenso retrato de una sociedad que a pesar del tiempo y la distancia no está demasiado lejos de lo que podemos encontrar hoy entre nosotros. Ambición, corrupción, mentira... males tan humanos como eternos.

viernes, 6 de julio de 2012

Olas


Este es un nuevo proyecto: CuAeNTOS (cantos y cuentos). Microrrelatos únicos porque únicas son las piedras o cantos sobre los que irán escritos e ilustrados; únicos porque no es necesario colocar las piezas siempre en el mismo orden sino que se puede jugar con las palabras y las ilustraciones.

domingo, 1 de julio de 2012

Ardiente Adonis

¿Cuántas formas hay de matar? Infinitas, diría alguien sin pensarlo mucho… y algún cursi añadiría “tantas como formas de amar”. Acabo de recibir un correo de esos que traen pegadas con almíbar fotografías de puestas de sol, gatitos y ramos de rosas. ¿Tengo o no tengo motivos de sobra para matar? Bueno, pues no, no se trataba de matar al remitente del correo aunque también se lo merezca ni tampoco de matar a cualquiera, no: necesitaba matar a alguien concreto, no soy una psicópata, ni una sociópata ni ninguna otra cosa terminada en “ópata”. Se trataba de “Defensa Propia”, un concepto que a todos nos resulta familiar (de hecho, mi madre tiene una tía que se llama así).

Teniendo ya el móvil, tocaba planear el crimen… lo que viene siendo “la premeditación”, que a pesar de ser absolutamente necesaria resulta que es un agravante. ¿Es que pretenden que una mate así, a lo loco, sin planificar ni nada? Eso sí debería ser agravante: matar de cualquier manera y sin pensarlo. Pero es que en esta sociedad parece que se premia la chapuza y si una decide cometer un crimen será mejor que lo haga a plena luz del día, improvisando y dejándose coger para evitar los famosos agravantes: nocturnidad, premeditación y alevosía. ¡No me jodas!

Además, había que elegir el arma. A mi las armas de fuego siempre me han provocado terror, es algo entre enfermizo y ridículo. Cuando veo a un policía armado, por ejemplo, se me quedan los ojos enganchados en el arma (la de fuego) y se me pone la piel de gallina. No importa la distancia a que esté ni lo que ocurra a mi alrededor: los ojos se pegan al arma y tengo la sensación de necesitar vigilarle, por si acaso. Se ha dado la circunstancia de que el policía se moviera, cosa que suelen hacer con alguna frecuencia, y yo ahí, girando para controlar el arma aunque fuera por el rabillo del ojo hasta dar la espalda por completo a la persona con la que estaba hablando. Nunca se lo he contado a mi psicólogo, bastante tiene con lo suyo…

Bien, tenía un motivo importante, tenía claro que debía aplicarme con los agravantes porque sin ellos el desastre estaba asegurado y logré acceso a un arma quizá poco usual pero teóricamente efectiva.

La víctima, que al tratarse de un caso de Defensa Propia debería llamarse de otra manera para no confundir… la víctima, digo, Ardiente Adonis, me envió un mensaje para citarme a una hora determinada en un lugar determinado. No desvelo todos los detalles para no traicionarme. Por tratarse de una cita a ciegas, convinimos en llevar ambos una camiseta roja, pero como eso no iba a ser suficiente para reconocernos en un día de partido de la selección nacional, convinimos también en portar un paraguas verde, un delantal rosa con flores azules y unas botas de charol amarillas. Casualmente ambos contábamos con esas prendas en nuestros respectivos guardarropas.

Fijamos la cita en un bar concurridísimo del centro, porque en uno con poco público podríamos haber llamado la atención.

Ardiente Adonis resultó ser menos Adonis que Ardiente, aunque eso ya lo sospechaba. Como puede adivinarse por mi forma de redactar, soy una persona bastante leída y con una cultura amplia, así que las referencias a la mitología me pierden, pero no fue su nombre lo que me llevó a él, sino la casualidad.

Soy librera, tengo una pequeña librería-papelería en un barrio de Madrid y paso horas allí sola, esperando que alguien necesite una cartulina blanca o un lápiz HB. Internet es un lugar maravilloso para encontrar almas afines, que dicen los cursis, y los foros temáticos son como las plazas de los pueblos: lugar de cotilleo, ligue e intercambio de insultos. Fue en el foro de Libreras Liberadas donde supe de la existencia de ese tal Ardiente Adonis, que ni es librera ni liberada, sino un representante de papelería con una libido del tamaño de Australia.

El tipo chateaba, participaba en los foros, opinaba, intervenía, pero siempre lo hacía dejando bien clara su triste situación conyugal, su necesidad de encontrar al amor verdadero, sus puros sentimientos y su desgraciada suerte. Nosotras le consolábamos y aconsejábamos, insultábamos a su pérfida esposa y competíamos por sus atenciones.

Yo, personalmente, estaba segura de ser su preferida, tal como él me hacía entender en sus correos privados, en los que me agradecía el apoyo y me calificaba de “ángel de bondad” y “brillante luz que alumbra mi camino”. Sí, lo sé, es un poco cursi pero yo también necesito esas cosas, de vez en cuando.

¿Cómo se convirtió Ardiente Adonis en una amenaza que me hiciera recurrir a la Defensa Propia? Por casualidad, ya lo he dicho.

En los foros a la gente le gusta organizar quedadas. Yo no soy muy amiga de esas cosas, prefiero crearme una imagen ideal de las personas antes que comprobar lo estúpidas que son personalmente. Pero tanto insistieron que acabé cediendo y acudí a la quinta cena de Libreras Liberadas en un mesón de un pueblo de la sierra. Comimos como escritores, como si llevásemos un año de ayuno. Bebimos como poetas. Y entre unas cosas y otras, alguien pronunció el nombre de Ardiente Adonis. Se hizo el silencio y todas se volvieron a mirar a la que imprudentemente había introducido en la conversación al objeto de la discordia, que casualmente era yo. Por lo visto había un acuerdo tácito y un poco idiota para no hablar de él en las quedadas… pero era mi primera vez y no se me había informado. ¿Qué culpa tengo yo de que las Libreras Liberadas tengan la misma madurez que un grupo de adolescentes?

La bronca fue de espanto. Al parecer, todas creíamos ser la favorita y cada una aireaba sus mensajes privados para demostrarlo. De la correspondencia, que resultó ser calcada para todas, pasaron a desvelar sus citas, hasta aquel momento secretas por voluntad del interesado. Y resultó que el desgraciado Ardiente Adonis aprovechaba todas las visitas comerciales a las librerías para colocar a las propietarias lotes inútiles de bolígrafos verdes y ya de paso consolar su alma herida… Tenía un calendario estudiadísimo, de manera que no pasaban dos días sin que nuestro desdichado viajante hallase consuelo entre las sábanas de algún “ángel de bondad”.

Por aquello de la competitividad, ese rasgo humano que nos conduce a tratar de hacer el imbécil mejor que el vecino, mentí a mis compañeras de foro y profesión e inventé encuentros con el vendedor de la discordia. Me sentía ultrajada. ¿Por qué yo, que creía ser su favorita, no había recibido aún la visita de aquel Adonis en mi librería? ¿Por qué tenía que continuar conformándome con mensajes privados cuando todas las demás gozaban de un trato diferente?

Hay borracheras que acaban en llorona y aquella nuestra terminó en un sollozo épico y pasamos de la descripción detallada de noches acrobáticas a desnudar nuestros sentimientos. Y resultó que el tal Ardiente Adonis había prometido matrimonio a todas y cada una de sus conquistas, asegurándoles que en cuanto su malvada esposa firmase el divorcio, él dejaría el odiado domicilio conyugal para elegir junto a su amada un nidito de amor a la medida de su pasión, que alcanzaba, así a bulto, los 120 metros cuadrados. Echamos cuentas y convinimos que era imposible que cumpliese su promesa con el sueldo de mierda que decía ganar. ¿Veinte niditos de amor? Bueno, dieciocho, porque dos de las afectadas todavía convivían con sus legítimos esposos… diecisiete si me descontamos a mi, que como ya he dicho mentía por despecho.

¿Tengo o no tengo razones para matarle? Si uno se fija bien en la historia verá que no solo se trata de Defensa Propia sino también de Justicia, otro término tremendamente familiar (de hecho, mi padre tiene una tía abuela que se llama así). Y habrá quien pueda argumentar que lo mejor para defenderme de Ardiente Adonis habría sido cortar todo contacto con él en lugar de engatusarle para que me propusiese una cita. Pero chico, el despecho es lo que tiene y una vez concertado el encuentro ya no podía echarme atrás: parecería una mojigata y eso no es propio de una Librera Liberada.

Volvemos pues en el relato al bar concurridísimo del centro, los paraguas verdes, los delantales rosas con flores azules y las botas de charol amarillas.

A los cinco minutos de encontrarnos, Ardiente Adonis ya me había cogido la mano, a los diez, intentaba besarme y a los quince me metía mano por debajo de a mesa. Tenía laro que estaba en peligro así que no había motivo para posponer el crimen. Pero a pesar de la terrible afluencia de público, habíamos conseguido sin proponérnoslo llamar la atención de todo el mundo, lo que estropeaba un poco mis planes de cargármelo allí mismo. Por suerte, la premeditación da para mucho y la nocturnidad era cada vez más densa, así que eché mano de toda mi alevosía y recurrí al plan B.

El plan B era sencillo, rápido y eficaz. Utilizando la fórmula infalible para sacar a un hombre de un bar, es decir, “¿Vamos a un sitio más cómodo?”, salimos a la calle y conduje a mi babeante conquista a lo más oscuro de un parque. Tenía localizado un pequeño claro rodeado de arbustos que, una vez nos tumbásemos en el suelo nos ocultarían por completo. Tan oscuro y oculto estaba el claro que ni siquiera nos veíamos bien, lo que resultaba perfecto para mis aviesas intenciones (¡qué bonita palabra, “aviesas”!). Sus intenciones no eran mucho más decentes que las mías, se notó en que a los quince segundos de llegar al claro ya tenía los pantalones en los tobillos y me levantaba la falda con idéntica pericia a la de un elefante intentando hacer encaje de bolillos. Para disimular, me dejé hacer.

Disimulé durante un buen rato, para que negarlo, pero después de tres horas ya no me quedaban más ganas de disimular, así que aproveché que Ardiente Adonis dormitaba agotado para ejecutar mi plan. Saqué del bolso el tirachinas y la caja de lápices afiladísimos. El primero le atravesó la garganta justo por debajo de la nuez. Abrió los ojos y miró hacia arriba, pero creo que no le dio tiempo a darse cuenta de lo que ocurría. Los otros 11 lápices HB con goma le atravesaron metódicamente distintas partes de su patética anatomía hasta dejarlo convertido en un objeto de escritorio muy poco práctico.

Me fui del parque tranquilamente, tiré los guantes de látex a la papelera de una fábrica de patatas fritas, de esas que venden aceitunas y chucherías, y el tirachinas al contenedor de residuos orgánicos que hay junto al colegio y que cada noche está lleno de varitas de merluza, judías verdes, plastilina y vómito infantil.

Ahora, en el foro de Libreras Liberadas he abierto un hilo nuevo que se titula “¿Alguien sabe dónde anda Ardiente Adonis?”. Ya han picado dos que dicen haberle visto hoy y otra que asegura estar a punto de recibirle en casa. ¡Qué prácticos son la competitividad y el despecho para crear pistas falsas!

viernes, 29 de junio de 2012

Últimas lecturas

Mientras agonizo
William Faulkner 9/10
¿Cómo es posible que a estas alturas todavía no hubiese leído a Faulkner? Si alguien más está en esa situación debería ponerle remedio ya. Impresionante la precisión de la prosa, los diferentes tonos de los personajes, la fluidez del relato.
Sobre los acantilados de mármol
Ernst Jünger 7/10
Una metáfora sobre la llegada al poder de Hitler y al tiempo, un retrato de todos los abusos de poder. Fantástica y real, esta historia está llena de paisajes y reflexiones, de belleza y espanto.
El atentado
Yasmina Khadra 9/10
De pronto todo se vuelve del revés y nos da la oportunidad de preguntarnos por qué. Una historia que invita a reflexionar y nos acerca a una realidad terrible.

sábado, 16 de junio de 2012

Tres milagros

La abuela cierra las manos en dos flores pequeñas a punto de abrirse, un pellizco al aire, las puntas de los dedos juntas. Las niñas sonríen y acercan los labios. Cada una, un beso.

La abuela mete los dedos en el hueco de la harina lleno de leche tibia. Entre sus dedos, se disuelve la levadura. Después los mueve despacio, rozando apenas las paredes del volcán.

Las niñas se empinan para mirar. Con las pestañas rozando la madera y los deditos salpicados de blanco, contemplan el horizonte del milagro.

Los dedos de la abuela giran expertos, pegajosos, rápidos. La masa aparece y come harina. El volcán desaparece. Las niñas se asombran y quieren tocar la bola amarillenta que rueda sobrela mesa. Las manos de la abuela golpean y estiran y aprietan. Con las pestañas salpicadas de blanco las niñas esperan.

La abuela tapa la masa con un retal deshilachado. Espera.

En el segundo volcán se pierden dos huevos de dos yemas. Con las pestañas salpicadas de espera las niñas sonríen. Los dedos de la abuela rompen las cuatro yemas y las llenan de azúcar y ajonjolí. Giran deprisa, pegajosos y suaves; de nuevo golpean, estiran, aprietan. Las palmas amasan, los dedos voltean, la harina salpica mesa, pestañas, espera, sonrisas.

La abuela destapa la masa. Primer milagro.

Sobre la madera, dos bolas de masa: la grande y la chica. Sobre la mesa, los deditos de las niñas esperan. Las dos masas se unen, la abuela suda y un mechón gris se le pega a la frente. Golpea, estira, aprieta. La abuela mira a las niñas y sonríe. Ahora hay tres bolas de masa sobre la madera.

Con las pestañas salpicadas de sonrisas, las niñas golpean, estiran, aprietan, dividen la masa, la retuercen. Sobre la madera, seis trenzas.

La abuela las tapa con un retal deshilachado. Espera.

La abuela destapa las trenzas. Segundo milagro.

Los deditos salpican azúcar y ajonjolí sobre las trenzas brillantes, pintadas de amarillo yema.

La abuela mete las trenzas en el horno. Tercer milagro.

Las niñas sonríen y comen trenzas doradas y dulces y guardan el secreto del milagro: un beso en las puntas de los dedos.

Últimas lecturas

Amor se escribe sin hache
Enrique Jardiel Poncela 8/10
Imposible leerla sin soltar de vez en cuando alguna carcajada.
El último encuentro
Sándor Márai 8/10
Una vida, un secreto, una pregunta.Y alrededor de la búsqueda de la verdad, reflexiones, imágenes y un mundo que ha cambiado de forma radical. Maravillosa.
Con el viento solano
Ignacio Aldecoa 9/10
Es la historia de una huida y el retrato de una España que ya no re

domingo, 10 de junio de 2012

La Petición - I Premio de Relatos de Cerveza-Ficción

Presentación de la antología que recoge a los veinte finalistas del I Premio de Relatos de Cerveza-ficción.


LA PETICIÓN, de Laura Muñoz Hermida (relato ganador). 

Además: Alberto López Arrieta, Ana Pérez Cañamares, Carlos David González Galdámez, César Augusto Álvarez Téllez, Desirée Baudel Escriña, Diego Sañudo, Fernando Nuño Sánchez, Gsús Bonilla, Jesús Francisco Galaz Duarte, Jesús Lens, Jorge Saiz Mingo, Juan Antonio Martínez Martínez, Lilian Pallares Campo, Manuel Kryskowski Massarelli, Marcos Antón Roncero, Marisol Torres Galán, Mayte Sánchez Sempere, Miguel Ángel Marín García, Silvia Portorrico Armesto.

jueves, 7 de junio de 2012

Hacia arriba

Hacia arriba. Berlin, 2012 © Mayte Sánchez Sempere


Cada escalón, un poco más de experiencia. Cada escalón, una mejor perspectiva. Cada escalón, un mínimo éxito, insignificante. Cada escalón.

domingo, 27 de mayo de 2012

Últimas lecturas

Escupiré sobre vuestra tumba
Boris Vian 7/10
Una historia tremenda que produce escalofríos al tiempo que invita a la reflexión. No es lo que más me ha gustado de Vian, pero tiene su aquel...
El Aleph
Jorge Luis Borges 9/10
Relatos imprescindibles con mucho fondo.
Hijos de nuestro barrio
Naguib Mahfuz 9/10
Una interesante y amena metáfora sobre las grandes religiones, sobre las sociedades, sobre el hombre y su historia. Magnífico, muy recomendable.

jueves, 24 de mayo de 2012

Dos espigas y una rama de olivo

- Sadira –decía Fareeda-, la caja está casi llena – y le enseñaba la lata de cigarrillos Dimitrino, prácticamente llena de monedas.

- Sadira –decía Fareeda -, estos son tus ahorros, para cuando te cases – y acariciaba, orgullosa, las monedas de 25 Kuruş [1].

- Sadira –decía Fareeda -, mi madre hizo lo mismo; desde siempre en nuestra familia se ha hecho así – y hacía tintinear las monedas dentro de la lata.

Sadira entra en el pequeño apartamento de Spremberger Strasse [2] que comparte con Firuze. Huele a café y a canela. Deja sobre la mesa de la cocina la bolsa llena de verduras que ha subido del mercado y empieza a vaciarla, acariciando cada pieza. Los pimientos y las berenjenas brillan.

- ¿Has comprado pescado? – pregunta Firuze desde su habitación.
- Sí… y pan.

Sadira se afana en la cocina recogiendo la compra. El pescado brilla. Firuze, a contraluz, pregunta desde la sala pintada de azul intenso:

- ¿Hace falta leche?
- No, creo que queda bastante.
- ¿Qué vas a hacer esta tarde?
- Iré al museo…
- ¿Otra vez?
- Sí.

Firuze se despide y baja las escaleras. Sadira se queda sola. En el armario de su habitación la lata llena de Kuruş inservibles aún guarda el olor a rosas de su madre. Sadira acaricia las monedas de Fareeda: dos espigas, una rama de olivo. El relieve le llena los dedos.

En el museo, Sadira mira otra vez a través del cristal de la vitrina. Monedas persas. Los ahorros de alguna antigua Fadeera, fusionados con forma de vasija, descansan ahí dentro.

- Sadira –decía Fareeda -, mi madre hizo lo mismo; desde siempre en nuestra familia se ha hecho así.

Los ahorros para una boda, enterrados bajo un olivo o en un campo de trigo, perdidos durante siglos. Monedas persas. Tan inútiles como sus Kuruş.

- Madre… Soy un árbol sin raíces [3], como la rama de olivo, como las espigas de tus Kuruş. Madre ¿dónde están mis raíces?

Sadira es alemana y no se siente alemana. Es turca y no se sabe turca. Sadira es griega, por su bisabuela y búlgara por su abuelo. Sadira es un árbol sin raíces. Sólo las monedas la unen al pasado, los Kuruş de su madre, las monedas del museo. El relieve del metal ya sólo sirve para unir las yemas de sus dedos con las de su madre. Un puñado de círculos de acero extrañamente cálidos le traen del pasado las caricias de Fareeda. Mira las monedas de la vitrina. En su relieve, el tacto de alguna antigua Sadira añorando a su madre muerta.

- Soy persa – le dice a Firuze -, las dos somos persas.
- No – contesta Firuze –, somos turcas.
- Tu nombre es turco [4], tus padres son turcos, nuestra comida, nuestro café, son turcos. Pero eres tan persa como yo.
- No deberías ir tanto al museo…
- Firuze, somos persas. Bajo los pies, siempre, una tierra demasiado pequeña y un camino interminable por delante. ¿No te das cuenta? Tenemos el lapislázuli y la canela: somos persas, porque no podemos ser otra cosa.


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[1] Kuruş: moneda fraccionaria turca.
[2] Calle berlinesa del distrito de Kreuzberg, conocido como “pequeño Estambul” por el número de turcos que viven en él.
[3] El nombre Sadira  hace referencia al azofaifo.
[4] Firuze significa “turquesa”.

sábado, 19 de mayo de 2012

Cosas que se cuelan en la maleta

Volvemos de Berlín con los ojos llenos y los dedos llenos y agujetas en las muñecas. Volvemos con kilómetros de palabras y toneladas de sabores. Volvemos con una cadena de bicicleta enganchada al tobillo y pintadas en la nuca y detrás de las orejas y un tatuaje de tranvía. Volvemos con las uñas sucias de hormigón y macetas de flores alrededor del cuello. Volvemos y en la maleta se nos han colado algunas cosas que no quisieron dejarnos ir...


lunes, 7 de mayo de 2012

En el puerto

El tacto frío del noray le entumece las yemas de los dedos. Sentada sobre el hierro le da la espalda al sol que apenas asoma por el horizonte. Las casas de lo alto de la colina empiezan a brillar, doradas. La cúpula azul de la iglesia reluce de pronto. Filo mira el mar frente a ella, aún en penumbra; agua quieta por encerrada, agua turbia, por encerrada. El aceite tornasolado sobrenada la superficie casi negra. Huele a salitre.

Entre los dientes sujeta una hebra de hilo blanco. La distancia.

Las gaviotas ríen, cada vez más cerca. A su espalda, el mar golpea la barra del puerto. La espuma vuela sobre el muro de hormigón y el océano pulverizado brilla a la luz del sol. El pelo de Filo se cubre de minúsculas gotas.

Poco a poco aumenta el sonido de los motores y empieza a olerse el gasoil. Los barcos vuelven con el sol, como cada día. Amarran y descargan, y el muelle se llena de brillos plateados y risas de gaviota, de hombres cansados y redes empapadas. El olor del pescado fresco se mezcla con la podredumbre y el salitre. Voces, carcajadas, hambre.

Entre los dientes de Salva, una hebra de hilo blanco. La distancia.

Filo carga tres cajas, una sobre otra. Las coloca sobre su carrito y se seca las manos en el delantal:

- ¡Salva! – llama – Voy para la casa. ¿Vienes?
- Ahora voy, Filo, tengo que pasar por la cofradía.

Filo empuja el carrito de dos ruedas. El pescado refleja la luz del sol. Va a ser un día caluroso. Filo se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano y la detiene justo ante sus ojos. El anillo refleja la luz del sol.

Al caer la tarde vuelven juntos al puerto, el pelo mojado, la piel limpia y olor a colonia. El agua y el jabón se han llevado los otros olores: el pescado, el sudor, el sexo. La recia mano de Salva aprieta la de Filo. Palma áspera contra palma áspera. El barco le aguarda, escamas secas pegadas a la cubierta, salitre y espinas.

Una libélula se para sobre las redes, amarillo sobre verde, sobre azul, sobre hormigón gris caliente. El gato se despereza a la sombra, estira las patas y les mira. Espera. Les mira. De sus manos caerán peces resecos que han pasado el día perdidos en el oscuro vientre del barco. El mar es azul y naranja. Cuando el sol se esconde, cambia el sentido de la brisa y el barco se inunda de olor a palmera y jazmín, hinojo y romero. El pelo de Filo baila, los ojos de Salva sonríen, sus dedos se buscan.

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo 

Medianoche, olor a gasoil. Filo y Salva se miran. Entre los dientes sujetan una hebra de hilo blanco que se parte cuando se separan. La distancia.