lunes, 14 de marzo de 2011

Escritor consecuente, de Octavio Fernández Zotes

Elpidio era lo que podríamos llamar un hombre corriente; era un hombre cumplidor. Cumplía sin gran esfuerzo sus obligaciones laborales; cumplía, ya fuera por convicción, por costumbre o por puro atavismo, sus deberes religiosos. Cada cuatro años cumplía con el deber cívico de ir a votar; eso sí, cada vez a un partido distinto porque no acababa de ... encontrar el centro. Hasta cumplía con periódica regularidad y con su cierto aquel, aunque sin gran entusiasmo, su débito conyugal.

Veraneaba, “comme il faut” en Benidorm, compartiendo colmena con los mismos inquilinos que en su vivienda habitual madrileña.

Los domingos acudía al estadio a ver perder “comme il faut” al Atlético de Madrid.

Los viernes, salía a cenar en cuadrilla con los mismos matrimonios de siempre, al mismo restaurante y siempre siguiendo la misma ceremonia: los hombres a una parte, hablando de fútbol o de politiquerías, y las mujeres a otro, haciendo recuento exhaustivo de los casos de cuernos habidos en la última semana.

Lo sábados, sabadetes…cumplía (comme il faut). O sea, un hombre normal.

Hasta que le dio por leer. Y es que uno nunca sabe dónde puede acechar el peligro.

A Elpidio nunca le gustó alardear de culto y de erudito. Bien es cierto que curiosidad tenía mucha y leía de vez en cuando. Pero nunca había tenido tiempo suficiente como para pensar en ponerse a leer en serio y mucho menos en la posibilidad de ponerse a escribir.

Un día, en un foro de Internet, se enteró de que "cualquiera puede ser escritor". (Hay gente muy optimista).

-¿Y por qué no yo?- se dijo.

También había leído en algún sitio que "la máxima plenitud de estar vivo es estar enamorado". Él, hacía muchos años que lo estaba. No era un amor intrépido, avasallador, impetuoso, arrasador como un torrente desbordado, que siempre resulta tan vistoso. (Desde el romanticismo p´acá, un amor desgarrado siempre vende).

No, él simplemente estaba enamorado de su mujer, con un amor suave y fluido, atemperado por los años, con la placidez de un río en sus últimos meandros. Vamos, un amor añoso pero todavía en muy buen uso.

Pensó que con estas mimbres aún se podría urdir un buen cesto. Y, dadas las circunstancias, lo más lógico era optar por la poesía lírica. A un poeta enamorado siempre le queda el recurso fácil de lanzar endechas a la amada; compararla, por ejemplo, con una rosa, a sus dientes con perlas, a sus labios con un "rubí partido por gala en dos", y demás cursiladas al uso.

Y sino, echar mano de la intertextualidad, que es la manera más sutil de cambiar de nombre al plagio.

Pero un día leyó a François Marie Arouet; alias Voltaire, y gracias a él se enteró que "el primero que comparó a una mujer con una rosa, era un poeta, el segundo, un imbécil".

(Conviene siempre tener esto en cuenta, máximo en esta época en que hay más poetas que lectores de poesía y que la mayoría empieza la casa por el tejado: escribir poesía sin haber leído poesía. Es como si alguien se decide a ser escritor sin haber aprendido a leer).

Esto le desanimó muchísimo y decidió pasarse a la prosa que, pensó, siempre sería más socorrida.

A la larga, todo consistía en mirar a la vida en sus más simples manifestaciones y retratarla.

Pero, en su manía de seguir leyendo, otro día vio en un diario unas declaraciones de Saramago: "He sido consecuente todos los días de mi vida". Esto, dicho así, en plan solemne y trascendente por un premio Nobel, la verdad, acojona. Ser consecuente uno consigo mismo, y todos los días de la vida, aparte de cansado, debe resultar difícil, aburrido y, en definitiva, una chorrada. Y al final, para qué; la vida misma es una continua inconsecuencia. Estamos cansados de ver cómo hoy se dice una cosa y mañana la contraria; casi ni se nota y siempre resulta convincente. No se sentía capaz de retratar la vida de una manera tan seria ni tan consecuente.

Decidió entonces dedicarse a la literatura de evasión: novela negra, novela histórica, de suspense, de misterio, que siempre admitiría más fantasía, aunque fuese recurriendo al disparate.

Consultó la lista de libros más vendidos y comprobó que estos son los que más dividendos aportan.

Procuró documentarse y ambientarse lo más adecuadamente posible (quería ser consecuente). Incluso, para que la situaciones resultaran verídicas, no tuvo reparos n someterse a sí mismo a situaciones extremas; a emociones fuertes.

Como la cosa iba a ir de muertes, acudió a una armería, se compró una pistola y volvió armado a su casa. Se sentó cómodamente en un sillón, se llevó la pistola a la sien....apretó el gatillo, sonó un ruido opaco: ¡¡¡PUUUUMMMM!!!, y...

Nada, no ocurrió nada. Lo único, que se había metido tanto en situación, que se olvidó de que la pistola, que era de juguete, no podía estar cargada. Pero él mismo, de modo incomprensible, se asustó. Y del miedo, se le escapó una ventosidad.

Ante lo ridículo de la situación, desengañado, decidió, muy bien aconsejado por Ortega y Gaset , de quien también había leído: " en los tiempos presentes, la mayor obra filantrópica que se puede acometer es no publicar textos superfluos".

Y abandonó la literatura. No merecía la pena pasarse la vida como un imbécil, como un inconsecuente, para que, al final, lo más sonoro que le saliese, fuera un pedo.

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Octavio Fernández Zotes es muchas cosas: leonés, médico pediatra, poeta, bloguero... y sobre todo, por lo poco que le conozco, una persona sensata con un gran sentido del humor. Es autor de los poemarios En las zarzas del camino y Memorial inacabado.

3 comentarios:

  1. Ya dicho!! Disfrutado una barbaridad! Un saludo a Elpidio, un abrazo a Octavio, una felicitación a Mayte por traérselos a ambos.

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  2. Gracias, Mayte, eres un sol. No es por presumir pero, además de los poemarios que citas, haoy otro más recién salido del horno, "Anónimo viajero".
    Un beso.
    Octavio.

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  3. he disfrutado cual cría leyendolo


    gracias!

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