martes, 21 de julio de 2009

Imposible olvidar a Rodin

"Hace cien años, Europa vivía también inmersa en una profunda crisis, y los europeos, y en concreto los artistas, necesitaban un suelo firme sobre el que pisar. Hacía falta prescindir de toda la artificiosidad que había embargado las creaciones finiseculares para buscar un arte más sincero, basado en la aprehensión de las formas esenciales. El exceso de dramatismo expresado por los simbolistas ya no servía; la modernidad debía reaccionar contra Rodin.

Un nuevo universo formal nacía así en París en torno a 1900. La capital francesa, gran crisol de las nuevas tendencias, acogía a los grandes artistas de vanguardia. Los escultores de la modernidad – de Lehmbruck a Brancusi, de Hoetger a Archipenko, de González a Picasso– se reunían en París para desafiar la escultura tradicional. Nace en ellos un nuevo sentimiento de la forma, de la perfección geométrica, de la línea, de la belleza."

Así presenta Alberto Manzano Martos, Presidente del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre la exposición "¿Olvidar a Rodin? Escultura en París 1905-1914" que hasta el 13 de Septiembre podemos disfrutar en la sala del Paseo de Recoletos.

La exposición me resultó en general interesante, con algunas piezas que realmente me entusiasmaron, como la enorme Penélope de Bourdelle (la podéis ver en la imagen, aquí arriba), que mira al horizonte y hacia dentro al mismo tiempo y tiene unos volúmenes absolutamente deliciosos, a medio camino entre la voluptuosidad de la amante y la serenidad de la madre.

También me entusiasmó la Mediterránia de Maillol, la figura escogida como imagen de la exposición. Curiosamente no hay ninguna fotografía, ni en los carteles ni en los folletos, catálogos etc. en que se muestre el que a mi gusto es su mejor ángulo: el lado izquierdo de la figura, quizá un poquito hacia la espalda, de manera que se ven al tiempo los volúmenes esculpidos y el "aire" que abarcan.

Y para completar el trio de favoritos, la "Cabeza inclinada de mujer", una bellísima terracota de Pablo Gargallo, que me mantuvo pegada a la vitrina durante un buen rato y cuya imagen os acerco para que la disfrutéis tanto como yo.


En general la exposición me resultó sumamente interesante pero (siempre pongo peros, lo sé) encontramos unos cuantos detalles que como mínimo podrían calificarse de "claramente mejorables". Por una parte, hay un exceso de bocetos de Lehmbruck, que realmente no dicen gran cosa. Más grave nos pareció la colocación de algunas esculturas que obliga a mirarlas desde un único ángulo, siendo imposible rodearlas para poder observar todos los detalles de la obra. ¿Quién decide qué debe ir delante y qué detrás? Aquí resulta evidente: cara delante, culo detrás... obvio, convencional y lamentable, sobre todo por la cantidad de matices que se pierden. Una de las obras así instaladas es el Pensador de Rodin, que se encuentra al fondo de una sala junto a otra escultura de Lehmbruck, ambas sobre un estrado que impide acercarse demasiado y obliga a una perspectiva escogida de antemano.

A esto hay que unir la iluminación de las vitrinas que mata el relieve de alguna obra. Y ese clásico y comprensible "no tocar", que tanta rabia me da ante algunas obras, que apetece acariciar... pero esto es una queja pequeña y general, porque entiendo que si todo el mundo puede tocar acaba ocurriendo como con esa popular Julieta de Verona, cuya teta derecha brilla más que el sol gracias a los cientos de turistas que cada día la acarician.

Y como último detalle a mejorar, la temperatura. Si vais a ver la exposición no olvidéis llevar una chaqueta o algo de abrigo: después de 10 minutos se nota un frío de lo más desagradable.

Me quedo, sin duda, con ese puñado de obras que me emocionaron, con la compañía y con la sensación de comunión con el artista que siempre me provoca el contemplar cuidadosamente y con detalle una obra.

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